Esta web ya no está en uso. Hemos cambiado a este nuevo sitio web: https://www.archeliteratura.com/ Pasaos para conocer el proyecto.
Un abrazo,
Arché.
Blog sobre literatura, cultura, arte y sociedad
Esta web ya no está en uso. Hemos cambiado a este nuevo sitio web: https://www.archeliteratura.com/ Pasaos para conocer el proyecto.
Un abrazo,
Arché.
En 2014, tres amigos nos conocimos en una cocina de París. Cinco años y muchas discusiones más tarde, nace Arché.
La literatura nunca termina en los libros. Después de la lectura está el debate, la reflexión, la curiosidad sobre los orígenes de las obras, los autores, las historias infinitas inherentes al mundo de las letras. Desde Arché queremos ayudar a democratizar y acercar la discusión literaria y queremos hacerlo de un modo distinto.
La literatura es nuestra pasión y queremos que eso quede reflejado en nuestro blog. Con Arché queremos compartir la alegría y la profundidad que nos transmite la literatura con todas aquellas personas que, igual que nosotros, necesitan leer para vivir. Las temáticas que tratamos en nuestras entradas tratan de alejarse de los hilos más convencionales de discusión para aportar novedad, anécdotas desconocidas, temáticas olvidadas, episodios a los que quizás no se les prestó la voz debida ni el tiempo necesario. Publicamos esencialmente en castellano, pero no excluimos ninguna lengua. Por eso se podrán econtrar en Arché artículos en italiano, francés, valenciano, etc.
Por último, Arché aspira a ser un catalizador de opiniones diversas y a crear un espacio de cooperación en el que cada persona se sienta libre de escribir un artículo, un ensayo o un poema para mostrar su manera de concebir la cultura y su representación en el mundo. Por eso os animamos a participar en este proyecto enviándonos un mensaje con vuestras propuestas, así como a participar en los comentarios o hilos de discusión.
Con mucha ilusión os damos la bienvenida a Arché.
Un abrazo,
Carlos, Diego y Raül.
Por Diego Ventura. Burjassot, a 05/05/2020
En el año 1950 se sintió en Deleitosa el ruido de un motor que se acercaba por la carretera. En este municipio de la provincia de Cáceres, en el que nadie tenía coche, vivían entonces 3 000 habitantes y el correo llegaba en burro. Algo raro estaba pasando. Bajó del vehículo un hombre bien ataviado, elegante, con unas gafas de pasta gruesas, de gran estatura y con una cámara colgada del cuello. “¿Quién diablos será ese y a qué habrá venido?”, debió de ser la pregunta que prendió como la pólvora por el lavadero, la era y las calles sin asfaltar de este pueblo de la posguerra española.
Plaza de Deleitosa (Cáceres), por Eugene Smith. (1950). Spanish village. Revista Life
Eugene Smith nació en Kansas, Estados Unidos, en el año 1918. Su carrera como reportero fotográfico tomó relevancia gracias a las instantáneas que captó de la ofensiva estadounidense contra Japón en la Segunda Guerra Mundial. Tras la contienda, y desencantado con la fotografía de guerra, Eugene se centró en el ensayo fotográfico y en la fotografía humanista, lo que le permitió obtener un puesto de trabajo en la revista Life. Fue entonces cuando surgió la propuesta de ir a España a fotografiar la vida durante la posguerra.
Recordemos que nos encontramos en el contexto del Plan Marshall y el macartismo, en el que Estados Unidos mantiene una relación peculiar con España: le permite beneficiarse del rescate económico, pese a su apoyo al nazismo y al fascismo, con tal de fijar un dique más contra el comunismo, que por aquel entonces gozaba de cierta reputación en Europa, en parte por el papel decisivo de la Unión Soviética en la guerra.
Y así fue como un reportero estadounidense, sin conocer una sola palabra de español, pisó con sus relucientes zapatos negros las calles de Deleitosa. Un hecho insólito en la Extremadura rural que quebró la cotidianeidad de la posguerra. La intención de Eugene Smith era realizar un ensayo fotográfico para denunciar la pobreza extrema en la que se encontraba el país:
“Voy a intentar entrar en un pueblo español, y documentar hasta el máximo la pobreza y el miedo causados por Franco. He tenido que engañar a Life sobre que sabía algo de español. Espero que sea el ensayo más importante de mi vida”,
le escribió en una carta a su mujer. Y así dio vida a un reportaje que logró esquivar a la vigilancia franquista. El 9 de abril de 1951 se publicó en Estados Unidos con una tirada de 10 millones de ejemplares. Como era de esperar, no dejó indiferente a nadie.
Familia en Deleitosa (Cáceres), por Eugene Smith. (1950). Spanish village. Revista Life
La dictadura franquista prohibió su publicación y difusión en España por motivos obvios. Pero lo curioso es que incluso la redacción de la revista Life descartó ciertas fotografías por considerarlas demasiado explícitas y por miedo a dañar la imagen de su aliado frente al comunismo.
Es cierto que, como comentan los habitantes del pueblo en el documental El americano (Lluís Jené, 2006), el fotógrafo utilizó todas las técnicas posibles para resaltar al máximo la pobreza y la miseria del pueblo. Buscó los perfiles más precarios del lugar y de sus gentes para exaltar la cara más amarga. Sin embargo, no debemos olvidar que si los sacó es porque estaban ahí. De esta manera, Spanish village consiguió derribar de un plumazo la idea de un país en crecimiento que el régimen franquista intentaba mostrar al exterior. Retrató a niños flacos y descalzos caminando por calles empedradas, a mujeres enlutadas de miradas suplicantes, a enjutos rostros de labradores y sus burros, etc. En definitiva, puso imagen a cualquier novela de Miguel Delibes.
Sin embargo, uno de los aspectos que más llama la atención de este reportaje reside en el contraste abismal entre dos mundos que, pese a ser coetáneos, parecen estar separados por cientos de años: el capitalismo estadounidense en pleno auge, frente a la situación de los fotografiados por Eugene. En el documental de Lluís Jené hay una escena determinante que ilustra estos universos antagónicos. Tras pasar la última página del reportaje fotográfico se abre un espacio publicitario a doble página que muestra a una mujer con media melena lacada y un llamativo collar sobre un torso escotado mientras bebe coca cola. La disonancia entre una imagen y otra, con todo lo que ella conlleva, resulta flagrante.

Dos planos consecutivos del documental El americano (Lluís Jené. 2006)
Tras el objetivo de Eugene también se entrevé un enfoque antropológico. Una mirada que aspira a explicar el nacimiento, el sufrimiento y la muerte del ser humano. Por eso la infancia toma un papel significativo en el reportaje, así como la extenuación del trabajo opresivo, el hambre y la paradoja del dogma. La religión, adoptada o impuesta, que condicionaba cualquier escenario en aquella España, se refleja en ciertas imágenes desde una mirada distante, enjuiciante, y esclarecedora. Y adquiere su mayor exponente en la última instantánea del ensayo, en la que se muestra la incógnita existencial por excelencia: la muerte.
Eugene consigue colarse en uno de los ritos más interesantes para la antropología: el culto a la muerte y al muerto. El fotógrafo logra retratar un velatorio en el que mujeres arrugadas y cubiertas de negro lloran la muerte de un familiar. Con un encuadre magnífico y una luz digna de las Pinturas negras de Goya, el espectador asiste a una tradición prácticamente extinguida, a un culto a la muerte cargado de culpa y penitencia, en el que el papel de la mujer ocupaba el lugar central. La fotografía en sí es un libro abierto del que se pueden sacar mil conclusiones y relaciones. Bien podría ser una escena de La casa de Bernarda Alba, con todo lo que el poeta reveló y denunció en su obra.
Velatorio en Deleitosa (Cáceres), por Eugene Smith. (1950). Spanish village. Revista Life
Esta fotografía, además de su relevancia artística y social, desencadenó una historia de amor frustrada que daría pie a cualquier filme de Almodóvar. A la joven del medio, sobre quien recae la luz en un rostro que parece lamentarse más por una libertad arrebatada que por el difunto, le llegó una carta con remitente de California meses después de la publicación del reportaje. Un pretendiente al otro lado del Atlántico se enamoró de ella al verla en la revista y decidió enviar una misiva al alcalde de Deleitosa para proponerle matrimonio. A la carta le siguieron objetos más insólitos si cabe que el ruido del motor que rompía el inicio de esta historia. Llegaron cremas hidratantes, colonias, esmaltes para uñas, etc. Obsequios ofrecidos por un muchacho californiano que aseguraba tener coche propio y que adjuntaba una foto personal con aire de actor hollywoodiense. Un acontecimiento que podría formar parte de Bienvenido Mister Marshall y que, como era de esperar, alimentó las envidias y comidillas del pueblo.
Sin embargo, en contra de su familia, del alcalde y de una apremiante vida en Las Américas, la protagonista de esta fotografía decidió que el californiano no sería su marido. La joven, que ya en la imagen refleja una extraña resignación, desafió todo pronóstico y decidió su propio camino lejos de Deleitosa y de América. Despachó a su pretendiente y poco después, siguiendo la horda del éxodo rural que huía del hambre y el olvido, emigró a Barcelona, donde reside actualmente.
Su nombre es Josefa Larrá y es la protagonista del último capítulo de Quién te cerrará los ojos (2017), el libro de Virginia Mendoza que ha dado pie a esta historia. Un libro gracias al cual hoy sabemos que la joven de la fotografía tomó la decisión de escapar de aquella situación porque, como le confiesa a la autora en una conversación: “Soy libre como el cuco”.
Esta obra de Virginia Mendoza narra 10 historias reales de 10 personas vinculadas al drama de la despoblación en la España rural. Un problema estructural que, como hemos señalado en otras ocasiones en Arché, se viene gestando desde hace décadas y que, desgraciadamente, ha llegado a la agenda cultural con el nombre de la España vacía o vaciada quizás demasiado tarde.
Quién te cerrará los ojos no se aferra a la nostalgia romantizada ni al lamento inactivo por la España que se pierde. Es una obra que propone, que inventa y que ofrece cierto optimismo pese a la crudeza de la soledad y la injusticia retratada. Una lectura crítica y necesaria, como también lo fue en su día Spanish village, para tomar conciencia de la gravedad de la situación que ha generado el desprecio y la despreocupación interesada hacia la España vaciada. Un recorrido por diferentes puntos de la geografía española que nos descubre, a su vez, vidas tan variopintas como la de Josefa.
Quizás, partiendo de las imágenes de Eugene Smith tomadas hace 70 años, logremos comprender por qué el silencio y la soledad aplastan ahora mismo a miles de pueblos en España, en los que el mayor grito de resistencia es quedarse.
Bibliografía:
Carlos Granero. Toulouse 28/04/2020
Corría el año 1922 cuando Ramón J. Sender (1901-1982) fue llamado a filas y enviado a Marruecos para participar en una guerra destinada a acabar con las revueltas de independencia locales. De esta manera, el que más tarde sería reconocido como uno de los mayores novelistas de su época se despedía de su tierra para conocer la guerra. Fruto de esta experiencia nacería la novela Iman.
La Guerra del Rif dio comienzo en 1911 tras la entrega a España, por parte del gobierno francés, de la zona norte de Marruecos. La colonia norafricana se dividiría de esta manera en dos protectorados: el norte, en manos españolas; y el sur, de dominio francés. El Reino de España se enredaba así en una guerra que duraría 16 años, movido más por sus intereses patrióticos que económicos, pues la región norte de Marruecos no se caracterizaba por su riqueza. La Guerra del Rif pasaría al imaginario colectivo por su carácter sangriento al llegar a contabilizar hasta 12 000 soldados muertos en menos de una semana durante lo que se conoció como el Desastre de Annual. Como en todo conflicto bélico, fue la base social, que tenía poco que ganar y mucho que perder, la que pagó las consecuencias de las decisiones imperialistas del rey y las oligarquías del país. Hay que recordar que, desde 1912, existía en España un servicio de cuotas por el cual las clases adineradas podían librarse del servicio militar en África a cambio de una cantidad de dinero. Además, aquel que dispusiese del dinero suficiente podía comprarse un sustituto que lo remplazase en quintas, llegando a tal punto el negocio que “agentes matriculados para substituciones-permutas”[1] publicaban anuncios en la prensa local con el fin de gestionar este tipo de trámites. Las clases populares sufrían así las penurias de la guerra y dejaban multitud de referencias en la cultura popular. Por ejemplo, en la copla conocida como “Melilla ya no es Melilla” se dice:
Melilla ya no es Melilla.
Melilla es un matadero
donde llevan a los hombres
a morir como corderos.
Mientras que en otra canción de quintos se reza:
Si te toca te jodes
que te tienes que ir
que tu madre no tiene
para librarte a ti.
Aquel que haya leído alguna novela de Sender sabrá que era capaz de entrar en el corazón del hombre, fotografiarlo y más tarde describirnos dicha fotografía de tal modo que nos diese la sensación de tenerla delante, a veces incluso de estar viviendo la experiencia de este dibujado corazón. Tampoco se le pasará por alto a cualquier lector de su obra la tremenda responsabilidad social y el compromiso del autor con los parias (que llegó a costarle la cárcel durante la dictadura de Primo de Rivera, allá por 1927). Fue 3 años más tarde, y una vez ya fuera de la cárcel, cuando Sender pudo publicar Iman, su primera novela, de la cual se dice que es la novela que mejor describe la Guerra del Rif. Iman es una novela dura, que sirviéndose tanto de los pensamientos y discusiones de los soldados como de descripciones del campo de batalla y de lo que sobre él queda una vez acabado el combate, relata los dolores de la guerra, el sinsentido de la guerra, la soledad de la guerra, las injusticias de la guerra, el odio que de ella nace y los despojos humanos que devuelve una vez finalizado el conflicto. Ante esta idea de la guerra, Iman nos plantea “la patria” como contraposición, como teatro irreal y ridículo en el cual los poderosos, desde sus sillones y cargados de medallas, se regodean de luchar y ganar (o perder) guerras. Así, Sender escribe:
Es la guerra. Esto es la guerra. La banderita en el mástil de la escuela, la “Marcha Real”, la historia, la defensa nacional, el discurso del diputado y la zarzuela de éxito. Todo aquello, rodeado de condecoraciones, trae esto. Si aquello es la patria, esto es la guerra: un hombre huyendo entre cadáveres mutilados, profanados, los pies destrozados por las piedras y la cabeza por las balas.
Sender insiste una y otra vez en desmitificar la guerra. La guerra no aporta mas que dolor, sufrimiento y muerte. Los soldados apenas tienen qué comer (llegando incluso a beberse sus propios orines para poder hidratarse), sufren las vejaciones a las que son sometidos por parte de los oficiales (palizas, insultos, castigos injustificados) y duermen junto a los cadáveres de sus compañeros. Pero además, apenas mantienen contacto con su vida anterior, recuerdo al que se aferran para no perder su esencia, para no perder aquello que les hace seres humanos, aquello que les hace ser ellos mismos, que los identifica. No quieren olvidar lo que fueron, porque en el fondo mantienen la esperanza de volver a serlo algún día, de dejar de ser los autómatas que ahora son, de escapar de la guerra y volver a sus pueblos, a sus familias y amigos.
Lo que yo quiero, además, es que me hable de sus peripecias militares, y él se obstina en recordar sus tiempos de operario herrero. Me enseña lo menos seis cicatrices con orgullo silencioso ¿Tiros? No; señales del arduo trabajo de la fragua.
Pero Sender va un paso más allá al destruir toda posible mistificación de la guerra, pues en la guerra, ni siquiera se puede hablar de valores como la valentía.
Este heroísmo sin sentido me desconcierta siempre. “Eres valiente”, le digo, y el soldado se me queda mirando extrañado. Se encoge de hombros: “Puesto aquí – contesta – eso lo hace cualquiera.” Lo hace cualquiera quizá. “Puesto aquí”, entre la espada y la pared ¿Quién dejará que el miedo lo aniquile o que los moros le ensarten metiéndole un acero entre dos costillas? “Aquí no hay valientes”, añade el soldado. Efectivamente, los verdaderos valientes hubieran debido comenzar por no venir.
¿Comenzar por no venir? Oponerse al absurdo de la guerra, de matar y ser matado para defender los intereses de quien nada tiene que ver contigo. Enfrentarse así al mando político y militar que te somete, que te utiliza, que te manda al matadero a que mates y mueras por causas que no son las tuyas, por intereses que no son los tuyos. Que te hace considerar a tu semejante, a alguien que comparte los mismos problemas y sufrimientos que tú, como a un enemigo. En definitiva, Sender te invita a enfrentarte a aquellos que quieren deshumanizar al “enemigo” y deshumanizarte a ti.
¿Quién hace a estos animales responsables de la impericia o de la imprudencia del mando? ¿Cuál es el deber cívico de los mulos, de los caballos? Viance advierte luego: aunque nosotros, como los mulos, solo tenemos deberes cívicos, no derechos: el deber cívico de morir. El Estado nos autoriza a morir para sostener el derecho cívico de unas docenas de seres que son la historia, la cultura, la prosperidad del país, porque el país comienza y termina con ellos.
Pero como quizás Sender pudo descubrir durante los dos años que pasó en la Guerra del Rif, los soldados son conscientes de todo esto. Quizás no lo eran cuando cogieron el tren con destino a Marruecos, quizás no lo eran al llegar a Melilla, incluso al disparar su primer tiro contra el enemigo, pero llega un momento durante la guerra en el que toman consciencia de que luchan contra los suyos, de que tienen más en común con el soldado enemigo que con el comandante de su ejército. Esto es quizás fácil de entender si nos planteamos que los reclutas se ven obligados a convivir junto a los privilegios de los oficiales y suboficiales sin ser nunca partícipes de ellos: se les niega la posibilidad de montar a caballo o en vehículo motorizado, se les raciona el alimento en calidad y cantidad, el espacio disponible para dormir es muy limitado (compartiendo barracón con enfermos portadores de enfermedades infecciosas), el comandante suele dirigir las operaciones desde un lugar seguro y alejado del campo de batalla[2]… . De esta manera, los soldados que aún no se comportan simplemente como autómatas, que no han perdido aún toda intención de vivir, se atreven a afirmar:
¡Cabo, somos fuertes y tenemos buenas armas! ¿Por qué nos han de poder esos piojosos? Yo sí que lo sé. Porque ellos tienen la razón y eso pesa mucho. ¡Si nos pusiéramos todos de parte de ellos y fuéramos a Melilla!…
Pero Sender nos describe cómo esas voces son rápidamente acalladas por los oficiales o suboficiales del ejército, que se aprestan a castigar tales insinuaciones. La cadena de mando se muestra efectiva a la hora de acallar las voces disidentes y mantener el orden establecido. Un orden que en el fondo solo conduce al embrutecimiento y deshumanización de los soldados.
Finalizado el conflicto, los despojos que la guerra devuelve después de años de contienda son solo el reflejo borroso y desgastado de las personas que un día esa misma guerra se comió, y los soldados parecen ser conscientes de su deterioro, llegando a afirmar en la novela:
Salvar la vida por un torpe capricho de la Providencia, que ya se acoge con recelo. “¿Qué ignorado destino me aguarda? Si me salvo, no me salvo yo, sino un pobre animal cansado, sucio, con el alma apagada.” Lo más auténtico de uno se queda por ahí, cara al cielo, muerto y podrido también ¿Dónde? No se sabe. Quizá prendido en la mirada sin expresión – o terriblemente expresiva – de esos cadáveres.
O en una conversación entre soldados:
– Ya te queda poco.
Hace un gesto descoyuntado, chasca la lengua.
-¡Es igual! ¿Qué voy a hacer cuando vuelva? ¿Qué mas da que vuelva o no? Ya le digo a usted que es igual. Nadie me espera allá; aunque me esperaran no me conocerían, y aunque me conocieran no me entenderían, ni yo a ellos.
El sentimiento que Sender guarda de la guerra se resume muy bien en la conversación que crea entre un soldado licenciado que se dirige a casa después de varios años de servicio en la Guerra del Rif y un labrador que se encuentra en el camino:
– ¿Dos hijos? Si tiene usted dos hijos, procure que no vayan a la guerra.
-¿Qué puede hacer uno contra eso? – replica con aire escéptico.
-¡Matarlos!
El labrador se queda muy sorprendido y Viance rectifica, poniéndose colorado:
-O enviarlos a las Américas.
Para concluir, Imán debe considerarse una novela pacifista que intenta resaltar el valor del trabajo honesto en contraposición al oficio de la guerra, y la valentía del que se decide a no guerrear frente a la cobardía del que se deja alistar. Pero Iman es también una novela que critica duramente las jerarquías, militares por antonomasia, y al Estado, que utiliza a la clase obrera para defender los intereses de “unas docenas de seres”. Es una novela crítica con el imperialismo y el colonialismo español de la época y, finalmente es una novela que busca los nexos de unión entre los soldados de uno y otro bando, que a fin de cuentas sienten y viven de igual manera. Así, Iman refleja los ideales comunistas libertarios de su autor, al mismo tiempo que nos muestra cómo los soldados en la guerra se mean en los pantalones y se beben sus propios orines, al mismo tiempo que nos permite sentir el sinsentido.
Referencias
[1] Del periódico El día de Cuenca, fecha 12 de octubre de 1920.
[2] Sobre este último punto cabe destacar la labor del regimiento de caballería Alcántara y del teniente coronel Fernando Primo de Rivera y Orbaneja, hermano del futuro dictador, que murió en Marruecos junto a más de 350 de sus hombres (de un total de 460), mientras aseguraba la retirada de los soldados de Mont-Arruit.
Raül Nuevo Gascó. Bruselas, 15 de abril del 2020.
La mort, en última instància, és el sentit de la vida. És la mort la que fa que la vida tinga motiu de ser. Però, què és la mort? Què és morir? I, sobretot: per què volem evitar la mort? En «El Inmortal», Borges es planteja com seria l’ésser humà si la immortalitat del cos fora inherent a la de l’ànima.
“Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo”
Borges planteja la mort com allò que ens fa viure l’existència amb dolçor i amargor, amb alegria i amb pena; sempre amb passió, amb la consciència que algun dia acabarà la vida i ja no serà vida, i amb la consciència amagada que aquest dia pot ser qualsevol. En canvi, amb la immortalitat aquesta devoció cap a la vida queda anul·lada. I és que la immortalitat, postula l’escriptor argentí, condueix necessàriament a la divinitat, ja el que reflecteix la paraula immortal no és un temps tan llarg que no es pot concebre, sinó l’anul·lació del concepte de temps i, per tant, la totalitat. Però l’ésser humà, pres individualment, no és capaç de ser un déu. Dotat de la immortalitat, acabaria tornant a la seua naturalesa salvatge i no trobaria el sentit de l’existència tal com l’entenem nosaltres.
Concebem la mort com si es tractara d’una porta que es tanca quan acaba la vida. Però la vida no és un camí, ni una línia. La vida és present i res més. Els records mateixos són present. Les incerteses futures són present. Tot el que ens fa ser nosaltres mateixos és present. Sent així, la mort, en un moment precís, serà únicament present, i l’entendrem i l’acceptarem tal com entenem i acceptem allò que ara ens envolta.
Des d’Arché, convidem el lector a llegir aquest meravellós relat del mestre argentí que, com ningú, va portar llum a regions desconegudes de l’ànima humana, eclipsades per la por inherent que tenim cap a allò desconegut i inabordable: l’infinit, l’eternitat, la immortalitat.
«La muerte es una vida vívida. La vida es una muerte que viene.»
Jorge Luis Borges
(Nota desde Arché: con el firme propósito de no frenar la divulgación de la cultura, hemos optado por publicar artículos en lenguas latinas. De esta forma pretendemos enriquecer nuestro blog y dar la oportunidad de expresarse a las personas no hispanohablantes).
Maria Emilia Sacchetti. Leuven, 19/03/2020.
“Preservare la memoria storica è cruciale se dobbiamo trovare un’alternativa al capitalismo, perché ciò sarà possibile solo se saremo capaci di ascoltare le voci di coloro che hanno percorso lo stesso cammino”.
Calibano e la Strega è un libro pubblicato da Silvia Federici nel 2004, frutto di una ricerca iniziata già a metà degli anni ’70, in collaborazione con Leopoldina Fortunati. Inizialmente, la ricerca culminò nel 1984 con la pubblicazione de Il Grande Calibano. Storia del corpo sociale ribelle nella prima fase del capitale. Soltanto in seguito l’autrice decise di sviluppare ulteriormente questa ricerca, che in brevissime parole, si propone di esplorare la dimensione femminile nella trasformazione da una società feudale ad una di matrice capitalista, dimostrando che le logiche di quest’ultima, non sarebbero potute affermarsi senza l’imposizione di un’egemonia patriarcale.
Nella sua opera Calibano e la Strega, Silvia Federici illustra una storia caratterizzata da molteplici assi di potere ed oppressione, i quali si intrecciano facendo emergere realtà complesse e variegate. Attraverso un’attenta analisi di questi assi, intrecci e sviluppi sociali, l’obiettivo sembra essere quello di far luce sull’origine di secoli di oppressione e sfruttamento di genere, sia sul piano sociale che su quello economico. E’ interessante come le radici di tale sfruttamento in parte affondino in trasformazioni sociali ed economiche, in particolare, emblematico è il cosiddetto ‘passaggio’ da un sistema feudale ad uno di matrice capitalista. Pare infatti che proprio dietro a questo snodo storico e sociale, si nascondano dinamiche e relazioni cruciali per meglio capire le basi del moderno neoliberalismo patriarcale. Pertanto, attraverso una rilettura femminista della storia, questo libro si propone di evidenziare ed analizzare quelle dinamiche e relazioni nascoste, al fine di enfatizzare l’ulteriore svalutazione delle donne manifestatasi con l’avvento del capitalismo, nonché la più marcata definizione di ruoli di genere, femminilità e mascolinità intrinsecamente connessa alla rigida separazione tra sfera pubblica e privata imposta da quello stesso sistema. In altre parole, partendo dalla nozione Marxista di ‘accumulazione originaria’, Federici si propone di ridefinire l’istaurazione del capitalismo, ponendo l’accento sulle profonde trasformazioni sociali, in parte ignorate dalla tradizione Marxista, vissute e subite dalle donne.
La storia di Calibano e la Strega può essere inscritta nel contesto europeo del tardo medioevo. Nel ripercorrere questa storia, emerge un grande impegno teso ad evidenziare la costruzione di un’egemonia capitalista, il suo insediarsi sul piano sociale, ed ancor più, il suo ruolo centrale nel piantare il seme di un’egemonia patriarcale e misogina. Inoltre, siamo di fronte ad una narrazione popolare, non imposta dall’alto, né tantomeno distaccata da esperienze quotidiane, ma piuttosto, emersa dal profondo delle lotte e vite di coloro schiacciati ai margini di quel sistema sociale. Prima di lanciarci su questi intrecci storici, è però opportuno fare un passo indietro e soffermarsi sul titolo emblematico dell’opera: “Calibano e la Strega. Le donne, il corpo e l’accumulazione originaria.” Questo titolo, infatti, già da solo contiene l’intreccio di quelli che possiamo definire come i tre maggiori livelli di dominio ed oppressione: razza, genere e classe. Attraverso questo intreccio, il titolo riflette la volontà di rappresentare una storia organica, femminista ma non per questo slegata da una dimensione maschile, di razza e di classe. Per dirlo in altri termini, siamo di fronte ad una storia intersezionale, complessa e polivocale.
Calibano e la strega sono due personaggi che si rifanno all’opera Shakespeariana La Tempesta, pur trovando parzialmente capovolti i rispettivi ruoli e significati. In Shakespeare Calibano riflette un personaggio bruto e animalesco, disumanizzato e dunque privato di qualsiasi sensibilità e moralità, ma anche schiavizzato, e quindi già vittima di una violenza razzista e classista. Federici identifica il corpo del personaggio Shakespeariano come già razzializzato, tuttavia non sembra riconoscere che la sua schiavizzazione di fatto implichi un’intersezione di razza e classe. In questo senso, ritengo che la novità fondamentale, nel Calibano dipinto dall’autrice, non sia tanto il suo impersonare una classe proletaria oppressa e subordinata, quanto piuttosto il suo essere elevato ad essere umano, sensibile e ribelle. Dall’altro lato, la strega, che nella commedia Shakespeariana non occupa che un posto marginale, investe un ruolo assolutamente centrale nell’opera di Federici. Infatti, questa figura si riferisce al fenomeno della caccia alle streghe, ed è il simbolo della donna emancipata ed eretica, la quale, in un modo o nell’altro, cerca di sabotare e di resistere ad un’egemonia capitalista, intimamente legata ad un sistema patriarcale che vuole controllarla ed annientarla.
In linea con il suddetto tentativo di annientare la donna ribelle, è necessario comprendere che perché il modello sociale ed economico capitalista potesse davvero affermarsi, era assolutamente necessario ridefinire la natura umana, al fine di disciplinarla e dominarla. Tale ridefinizione della persona, in parte, riuscì a sedimentarsi anche attraverso l’adozione della filosofia di Descartes da parte delle forze dominanti. Ci basti sapere che la filosofia Cartesiana si fondava sulla scissione tra anima e corpo. Secondo questa visione, quest’ultimo non era che una macchina, la quale poteva e doveva essere controllata e dominata dalla più alta ragione, eterea ed immateriale. In questo senso, la filosofia cartesiana implicitamente condona una nuova struttura sociale in cui il corpo viene degradato e disumanizzato, percepito esclusivamente attraverso logiche di efficienza e produzione. In altre parole, quotando Federici, “il corpo in sé non aveva alcun valore: il corpo doveva morire perché potesse esistere la forza-lavoro”. Questa simbolica distruzione del corpo rappresenta uno snodo cruciale sia per l’affermarsi del capitalismo, sia per il radicarsi di una profonda misoginia sociale. Infatti, corpi di uomini e donne ormai disumanizzati, si trasformano rispettivamente in forza-lavoro, e nelle macchine di riproduzione di quest’ultima. In questo momento, la riproduzione sociale di uomini da asservire al mondo del lavoro, emerse come il bene più prezioso, in quanto necessaria per la riproduzione di corpi ‘bruti’ e proletari. Tuttavia, nonostante la centralità del ruolo riproduttivo della donna, questo viene subito mistificato, reso invisibile e giudicato come funzione intrinseca e ‘naturale’. Pertanto, piuttosto che essere il dovere o il lavoro della donna all’interno di un’egemonia capitalista, quello di produrre lavoratori da asservire agli ingranaggi dello sfruttamento economico e sociale, diventa la sua natura. All’interno di questo scenario, coloro le quali rifiutarono le catene di una maternità forzata, semplicemente dovevano essere eliminate, nella speranza di bruciare insieme a loro ogni spiraglio di vita alternativa. Detto ciò, nell’ambito di questa guerra contro le donne per il controllo dei loro corpi e apparati riproduttivi, la caccia alle streghe costituisce una delle armi utilizzate.
Il fatto che questa guerra alle donne sia essenzialmente legata alla necessità di riprodurre forza-lavoro all’interno della nascente società capitalista, ci fa concludere che la storia delle donne è indivisibile da una storia di classe. Detto ciò, e tornando brevemente ai tre assi di dominio ed oppressione universali, genere, razza e classe, ritengo sia opportuno riflettere sul loro profondo ed intrinseco intreccio. Infatti, sebbene questi assi siano spesso concepiti e trattati singolarmente, allineata alle tesi di Silvia Federici e di una tradizione femminista antirazzista e anticapitalista, sostengo che sia in realtà impossibile comprendere genere, razza e classe, come elementi rigidamente distinti ed isolati tra loro. In altre parole, dimensioni di genere, razza e classe, si intrecciano e dialogano l’una con l’altra, raccontando, quindi, le storie complesse di individui e gruppi, la cui subalternità esiste ed agisce su piani differenti e compositi. In questo senso, ciò che emerge è che la razza informa la classe allo stesso modo in cui il genere informa la classe. Il femminismo proposto dall’autrice, pertanto, è il riflesso di questa complessa visione della storia, delle forze egemoniche e delle lotte che ne hanno scandito i passi. Per meglio dire, si tratta di un femminismo percepito come una costellazione vasta e variegata, intersezionale e necessariamente collettiva. Questa visione, per finire, implica l’impossibilità ed addirittura la nocività, di un pensiero femminista che non tenga conto di queste intersezioni, di dinamiche sociali, economiche ed etniche che si estendano al di fuori del proprio Io.
Ricapitolando, abbiamo visto come la storia delle donne non possa essere pensata in maniera distinta rispetto ad una storia di classe. In questo senso, è emerso che per l’affermarsi del capitalismo, una guerra contro le donne sia stata necessaria al fine di assoggettarne i corpi e le funzioni riproduttive, con lo scopo di garantire il costante afflusso di corpi disumanizzati e trasformati in mera forza-lavoro. Inoltre, si è visto come tale guerra, sia stata inizialmente perpetrata attraverso una disumanizzazione dei corpi, i quali, seguendo la filosofia Cartesiana, divennero le prime macchine dell’universo capitalista, ancor prima di centrali elettriche e macchine a vapore. Detto ciò, tuttavia, è necessario ora riflettere sulle cause e le dinamiche che indussero la necessità di rompere con il sistema feudale, dunque trasformandolo nell’egemonia capitalista in auge ancora oggi.
Ripercorrendo la storia Europea a partire all’incirca dal periodo feudale del quindicesimo secolo, e facendo da subito attenzione a porre l’accento sull’intersezione di classe e genere, ciò che emerge è l’esistenza di un sistema di sfruttamento sociale ed economico. Una classe autoritaria si era già affermata durante questo periodo, il quale può quindi essere letto attraverso una lente di oppressione e subordinazione. In parole povere, uomini, e soprattutto, donne povere, sin da subito si presentano come soggetti subalterni, già vittime di una classe dominante. L’oppressione di queste donne, come già detto, aumentò radicalmente in quanto condizione necessaria per la costruzione di un nuovo sistema di egemonia capitalistica. Pongo qui l’accento sul verbo costruire, ad indicare esplicitamente il ruolo attivo dei grandi padroni feudali nel pensare e realizzare una nuova struttura economica e sociale. Seguendo questa linea, l’autrice riflette sulle dinamiche che indussero la classe dei proprietari terrieri a sancire una rottura nei confronti di un sistema feudale ormai saturo. Rottura che, pertanto, piuttosto che rappresentare una naturale evoluzione storica, deve essere considerata come attentamente costruita. Di conseguenza, quelle convinzioni che dipingono l’avvento del capitalismo come una naturale fase storica, slegata da dinamiche economiche e sociali, tutt’ad un tratto crollano. In altre parole, le radici del sistema capitalista contemporaneo, non affondano semplicemente in un’evoluzione storica, né tantomeno nel tentativo di migliorare la condizione umana. Al contrario, tali radici sono da trovarsi in secoli di ingiustizie e rivolte sociali, che fecero dall’avvento del capitalismo una controrivoluzione, nonché uno dei periodi più sanguinari della storia. Queste rivolte e lotte sociali, portate avanti da una classe contadina già sfruttata, vennero perciò finalmente stroncate da quella che già all’epoca era la classe dominante, quella dei padroni feudali, i mercanti ed i vescovi. Ciò che conta, è che proprio in queste lotte è possibile scovare le radici dell’egemonia capitalista e patriarcale. In quest’ottica, il capitalismo non è altro che una controrivoluzione, una reazione dei padroni feudali a secoli di lotte e rivolte, la soluzione imposta per risolvere una profonda crisi sociale.
“Il capitalismo è stato la controrivoluzione che ha distrutto le possibilità che erano emerse nel corso della lotta antifeudale – possibilità che se realizzate ci avrebbero forse risparmiato l’immensa distruzione di vite e di ambiente naturale che ha segnato l’affermarsi dei rapporti capitalistici in tutto il mondo.”
Durante questo fondamentale snodo storico, la classe dominante si impegnò per costruire un nuovo sistema economico e sociale che potesse ulteriormente controllare e subordinare le masse. Per usare altri termini, avendo visto il proprio potere vacillare a causa di lotte antifeudali, i padroni decisero di stringere la morsa, disumanizzando i corpi, distruggendo ogni forma di solidarietà sociale ed eliminando ogni spiraglio che si proponesse di intraprendere una vita alternativa. Tali repressioni, fecero di questo momento storico uno dei più violenti e sanguinari mai registrati.
Per quanto concerne il disciplinamento dei corpi umani, si è già parlato della riduzione di uomini e donne rispettivamente in forza-lavoro ed in macchine per la loro riproduzione. Se questa strategia è servita a porre le basi per una vera e propria guerra alle masse, quali sono gli sviluppi successivi di questa guerra? Nel riflettere su queste dinamiche, è fondamentale fare attenzione ai rapporti di genere, in quanto d’ora in poi ciascuna strategia utilizzata ed imposta, non fece che degradare ulteriormente la condizione femminile. Percependo i corpi proletari come bruta materialità, i signori feudali decisero di fare leva sugli istinti ‘animaleschi’ di questi corpi, per reindirizzare la loro ostilità, non più contro la classe dominante, ma piuttosto contro donne proletarie. In particolare, assistiamo alla liberalizzazione del sesso, o, in altre parole, alla legalizzazione dello stupro. Da questo momento, il seme misogino è piantato. Come se non bastasse, in linea con l’analisi di Federici, vediamo che le donne vengono spogliate di ogni credibilità e valore, e ciò implica che ogni uomo aveva il potere di distruggere una donna semplicemente accusandola di prostituzione. Queste misure, oltre a ridurre le donne a semplici grembi, si insediarono profondamente nella mente delle persone, le quali interiorizzarono la degradazione femminile imposta coercitivamente dall’egemonia misogina del tempo. Per quanto riguarda la caccia a streghe ed eretici, questa non è che un’ulteriore arma di coercizione, la quale riflette lo scopo di persuadere la società ad accettare la nuova struttura capitalista. Effettivamente, era necessario liberarsi di ogni ribelle e di ogni possibile alternativa all’egemonia imposta. Eretici e streghe, in questo senso, erano coloro che in un modo o nell’altro rifiutarono quest’egemonia, provando a sabotarla o semplicemente impegnandosi a costruire percorsi di vita alternativi e paralleli. La strega, in particolare, impersona la donna indipendente e ribelle, la quale rifiuta quei ruoli che, usando ora la forza e ora la persuasione, su di lei vengono imposti dall’alto di una classe autorevole già affermata. Ogni atteggiamento non in linea con questa nuova cosmologia morale e sociale viene letteralmente demonizzato. Soprattutto nell’ambito della riproduzione, vediamo che ogni tentativo di controllare il proprio corpo e la propria sessualità viene brutalmente condannato, così trasformando la maternità in un lavoro forzato.
Giungendo al termine della nostra analisi sull’origine della misoginia sociale, è necessario far menzione di un tassello importante: la religione. In particolare, è necessario articolare meglio il ruolo della religione, sia nell’imporsi di un’egemonia capitalista, sia nell’affermarsi di un sistema patriarcale. Abbiamo visto che la caccia alle streghe è stata una delle armi principali utilizzata dalla classe dominante durante la guerra contro le donne – guerra fondamentale per l’affermarsi di logiche capitaliste. Prima dello sviluppo della scienza moderna, dogmi religiosi e coscienze sociali erano profondamente interconnessi tra loro, peraltro rafforzandosi a vicenda. Possiamo dire, quindi, che la dimensione statale, insieme a quella ecclesiastica, collaboravano intensamente al fine di garantire un disciplinamento sociale e morale. Pertanto, quando parliamo dei potenti che imposero l’egemonia capitalista, la Chiesa non è esclusa. Tornando ora al fenomeno della caccia alle streghe, Federici nota come esso sia spesso stato letto e studiato esclusivamente attraverso una lente religiosa, piuttosto che sociale e razionale. Per contro, se in un primo momento è vero che la caccia alle streghe rispondeva alla condanna di un’eresia religiosa, a partire dal XVI secolo, questo fenomeno venne appropriato dallo Stato, usato come strumento di disciplinamento al fine di combattere forme di eresia sociale. Per eresia sociale, mi riferisco a tutti quei comportamenti che in un modo o nell’altro minavano le logiche dominanti. Per finire, tuttavia, se Federici individua i semi della misoginia contemporanea proprio all’interno di questo snodo sociale, io ritengo che questi, in parte, potessero esistere già a priori, per esempio all’interno di letture misogine della tradizione religiosa. Ciononostante, l’avvento del capitalismo non solo rinnovò e rafforzò tale misoginia sociale, ma soprattutto, la impose come unico sistema accettabile. L’elemento fondamentale, a mio avviso, è proprio il riconoscimento della misoginia sociale come intrinsecamente necessaria per l’affermarsi dell’egemonia capitalista.
Tenuto conto di queste repressioni e dei tentativi così ostinati di assoggettare il corpo femminile, nonché di degradare la donna proletaria, il cosiddetto ‘passaggio’ dal periodo feudale a quello capitalista, si colora di sangue e di violenza patriarcale. Invece di percepire tale ‘passaggio’ come naturale evoluzione storica, peraltro portatore di serenità e miglioramento sociale, è opportuno riconoscere le dinamiche autoritarie che lo produssero. Questa trasformazione sociale è il risultato di un tentativo della classe dominante di controllare, dominare e sfruttare le masse di lavoratori, i quali, gradualmente, si trasformano in macchine, il cui valore venne percepito esclusivamente attraverso il loro grado di utilità e produttività. Per di più, oltre a sconvolgere il pensiero diffuso riguardo l’avvento dell’odierno sistema capitalista, il libro è portavoce di una coscienza femminista profondamente intersezionale. La razza informa la classe, ed il genere anche informa la classe.
Nell’era dell’odierno femminismo neoliberale e del cosiddetto post-femminismo, è vitale mantenere una coscienza collettiva, capace di intrecciare a lotte femministe, lotte antirazziste e anticlassiste. Piuttosto che abbandonarci a logiche neoliberali di avido individualismo, è necessario mantenere una visione più ampia, che comprenda voci e lotte molteplici. Parafrasando bel hooks, sostengo che l’opera di Federici è fondamentale in quanto ci ricorda che la sorellanza è ancora efficace. Se il femminismo è la lotta contro l’oppressione e lo sfruttamento patriarcale di ogni essere umano, dobbiamo mantenere una visione collettiva e globale, per cui nessuna persona sia lasciata indietro. Proponendo una storia delle donne che è al contempo una storia di classe e che riflette anche su dinamiche di dominazione coloniale, Federici compie un passo in questa direzione. In conclusione, la coscienza femminista che insieme all’autrice condivido, come lotta al patriarcato, lotta al razzismo ed al capitalismo, è una coscienza plurale e collettiva, una costellazione, vasta e variegata.
Bibliografia
– Silvia Federici, 2004. Caliban and the Witch. Women, the body and primitive accumulation. Autonomedia, Brooklyn, NY.
– bel hooks, 2015. Feminism is for everybody. Passionate politics. Routledge, New York.
Raül Nuevo Gascó. Bruselas, 01/03/2020
Ernesto Sabato y Hayao Miyazaki
Ernesto Sabato nació en la ciudad de Rojas, Argentina, en 1911, hijo de inmigrantes italianos. Tras doctorarse en ciencias físicas y matemáticas, trabajó como investigador, primero en el Laboratorio Curie de París y, más tarde, en el MIT de Massachusetts. Pero pronto abandonó este mundo, que no le daba las respuestas que buscaba, y se volcó en el arte, en concreto en la pintura y en la literatura.
En el Laboratorio Curie, en una de las más altas metas a las que podía aspirar un físico, me encontré vacío de sentido. Golpeado por el descreimiento, seguí avanzando por una fuerte inercia que mi alma rechazaba. (…) Yo estaba fatalmente desgarrado entre lo que había significado para mí esa vocación, a la que había sacrificado años, y la incierta pero invencible presencia de un nuevo llamado.
Durante sus casi cien años de vida, Sabato publicó una veintena de libros y ensayos (Antes del fin, Hombres y engranajes, La Resistencia, etc.) en los que abordó, entre otros, temas filosóficos, políticos y artísticos. Sin embargo, aunque escribió muchas novelas, únicamente publicó tres de ellas (El Túnel, Sobre héroes y tumbas y Abaddón el exterminador), que le valieron el Premio Cervantes en 1984.
Hayao Miyazaki nació en 1941 en Tokio, capital de un Japón inmerso de lleno en la Segunda Guerra Mundial. De su infancia, el director recordaría siempre los bombardeos. Su padre, Katsuji Miyazaki, era el presidente de Miyazaki Airplane, una empresa que fabricaba los timones del caza Zero, buque insignia del Servicio Aéreo de la Armada Imperial Japonesa (al que Miyazaki rindió homenaje más tarde en su película El viento se levanta). Desde joven, Hayao se preparó para seguir los pasos de su padre y para tal fin, en 1963, a la edad de veintidós años, se graduó en ciencias políticas y económicas. Pero, tal y como le ocurrió a Sabato, el arte entró en su vida y la cambió para siempre. Desempeñó distintos trabajos como animador y, ya en el año 1985, creó, junto con otros tres directores (entre ellos Isao Takahata, creador de Heidi, la niña de los Alpes, Marco y La tumba de las luciérnagas), el estudio de animación Studio Ghibli, ampliamente considerado el mejor del mundo, con el que realizó, además de la famosa El viaje de Chihiro, películas como El castillo ambulante, Mi vecino Totoro y Kiki, la aprendiz de bruja, auténticas joyas de una belleza conmovedora.
Ernesto Sabato y Hayao Miyazaki.
Miyazaki y Sabato jamás se conocieron. Tan lejanas fueron sus vidas (por motivos geográficos, temporales, lingüísticos y artísticos), que no sería tan osado afirmar que nunca siquiera escucharon hablar el uno del otro. Y, aun así, como en la ventana de El Túnel de Sabato, que comunica intensa e irremediablemente dos realidades lejanas, encuentra uno un gran puente que los une, y es este el reconocimiento que en su obra otorgan al lado espiritual de la vida y su creencia férrea de que un mundo más humano no solo es posible, sino que es necesario para salvaguardar esa esencia única que nos diferencia de una piedra o de una turbina.
La Resistencia de Sabato
La Resistencia, publicado en el año 2000, es un libro breve compuesto de cinco cartas que Ernesto Sabato, a sus noventa años, manda a sus lectores. En ellas nos quiere mostrar su visión del mundo y de la sociedad y, para ello, ahonda en temas tan varios como la ciudad, la tecnología, la globalización, los valores modernos, la vejez, la naturaleza, la medicina, el campo, la educación, la amistad o el amor. Sabato va y viene en sus divagaciones, como si estuviera dando pinceladas a uno de sus cuadros, pero lo hace con tal maestría que uno se siente llevado de la mano y comprende con facilidad ideas complejas y profundas. Y por detrás, en el fondo de las cinco cartas, se presenta constante un mismo sentimiento: el amor por las personas y por la vida.
Hay días en que me levanto con una esperanza demencial, momentos en los que siento que las posibilidades de una vida más humana están al alcance de nuestras manos. Este es uno de esos días.
En La Resistencia, Sabato abandona la tristeza existencialista y oscura que empapa sus novelas y habla con voz tranquila y serena, la voz de la vejez y de la calma. También el estilo, sencillo y directo, apunta en esta dirección. Su tono se acerca mucho más al Sabato real, de carne y hueso, que al misterioso Sabato novelista. En 1977, Joaquín Soler Serrano lo invitó a su programa A fondo, en TVE. El resultado fue una preciosa entrevista repleta de emoción en la que el argentino adelantó algunas de las ideas que más tarde expondría en La Resistencia. En ella, dijo:
Schopenhauer tiene una frase muy profunda que cita a Nietzsche. Él dice: hay épocas en que el progreso es reaccionario y lo reaccionario es progresista. Hoy, levantar edificios de treinta pisos en Madrid o en Buenos Aires para que vivan en esos cubículos de cemento armado y de aire acondicionado niños que nunca van a ver el nacimiento de un perro, o la forma en la que una gallina pone un huevo, o el nacimiento o la aparición del sol y de la luna, niños que van a ser futuros drogados, niños alienados y tristes (…). Esto hoy no es progreso, hoy es reaccionario (…). Lo revolucionario es proponer hoy la abolición de los rascacielos.
Pese a tener una sólida formación científica, Sabato se posiciona, implícita pero constantemente, contra el pensamiento positivista, que cree únicamente en aquello que puede ver y medir (en Engranajes y Hombres ya había expuesto explícitamente su pensamiento al respecto). El ser humano, dice, no es “un simple objeto físico, desprovisto de alma”. Por ello, la meta de nuestra sociedad no debe de ser un país con trenes más rápidos y ciudades más grandes. No es eso lo que necesitamos. Esa idea de futuro tecnocrático, que ya es presente y que tanto recuerda al mundo feliz de Huxley, es la muerte definitiva del ser humano como tal. El futuro tiene que mirar hacia el alma mucho más que hacia el cuerpo. Esa es también la resistencia. Pero nuestra sociedad vive días grises en los que el sujeto padece cada vez más de abulia. Hay una inercia que lo adormece y que convierte la vida en un mero trámite, como si nada hubiera sido real, como si nada importara y todo fuera de paso. Tras esta abulia, dice Sabato, hay diversas causas: la soledad de las grandes urbes en que uno está siempre rodeado de gente que no le saluda, las jornadas laborales que roban el tiempo de vida, la pérdida del sentimiento de colectividad y de historias comunes, la negación del mal y del sufrimiento como parte imprescindible de la vida, la falta de fe en algo más grande que uno mismo, el individualismo exacerbado que antepone el yo al resto, las pantallas que nos consumen y robotizan:
Uno va quedando aletargado delante de la pantalla, y aunque no encuentre nada de lo que busca lo mismo se queda ahí, incapaz de levantarse y hacer algo bueno. Nos quita las ganas de trabajar en alguna artesanía, leer un libro, arreglar algo de la casa mientras se escucha música o se matea. O ir al bar con algún amigo, o conversar con los suyos. Es un tedio, un aburrimiento al que nos acostumbramos como “a falta de algo mejor” (…). Lo paradójico es que a través de esa pantalla parecemos estar conectados con el mundo entero, cuando en verdad nos arranca la posibilidad de convivir humanamente.

Jorge Luis Borges y Ernesto Sabato
En el fondo, la resistencia que propone Sabato, ese algo “revolucionario” que nombra en la entrevista, es una reflexión concienzuda y crítica sobre aquello que llamamos progreso, al que el argentino achaca “este derrumbe que los comunistas imaginan un mero derrumbe del sistema capitalista, sin advertir que es la crisis de toda la civilización basada en la razón y la máquina, civilización de la que ellos mismos y su sistema forman parte”. Al leer La Resistencia, cabe volver a preguntarse, ¿para qué vivo? ¿Para qué soy humano? ¿Cuál es la meta última de la vida? Si aceptamos, como dice Sabato en su libro, que “entre lo que deseamos vivir y el intrascendente ajetreo en que sucede la mayor parte de la vida, se abre una cuña en el alma que separa al hombre de la felicidad como al exiliado de su tierra”, entonces una meta sería el equilibrio entre lo que se quiere vivir y lo que se vive. Desde luego, el progreso no nos encauza en esta dirección. Más bien nos aleja, ya que el progreso, a partir de cierto momento, se convirtió de algún modo en una máquina que ingenia soluciones para resolver problemas que antes no existían.
El cine de Miyazaki
La filmografía de Hayao Miyazaki se compone de doce largometrajes, a los que se suman distintas producciones para televisión y otros trabajos como guionista, codirector o productor. Sus películas, todas ellas de animación y realizadas con Studio Ghibli (Lupin III: el castillo de Cagliostro y Nausicaä del Valle del Viento se consideran como pertenecientes al estudio), se desarrollan casi siempre en un mundo que bien podría ser el nuestro, pero que no es el mismo, y todas ellas están impregnadas de mensajes antibelicistas y ecologistas. Y de magia.

Póster con los personajes de distintas películas de Miyazaki.
La magia que eleva el cine de Miyazaki a la categoría de verdadero arte es la que el espectador no asume como tal. Porque cuando vemos a Howl (El castillo ambulante) dar un salto desde un tejado y sobrevolar a ritmo de vals la ciudad con pasos tranquilos, algo en nuestra cabeza nos dice “estoy viendo una película de fantasía”, y firmamos un contrato tácito. Le decimos al artista: te creo, continúa tu historia, yo estoy también imaginando contigo. Lo mismo ocurre cuando Totoro (Mi vecino Totoro), un gato de tres metros que no hace más que sonreír, entra en escena; o cuando Kiki (Kiki, la aprendiz de bruja) se monta en su escoba y echa a volar. Todo es como un juego. Pero, tras esta cortina de magia explícita, Miyazaki introduce una segunda capa mucho más discreta y sutil. Esta segunda capa de magia va más allá de la fotografía, de la narración y de la música. La componen aquellos elementos que no se muestran directamente en pantalla y que el espectador deduce poco a poco. Estos detalles no causan sorpresa o admiración, pero son los que, una semana o un año después de haber visto la película, dejan impresa en la mente una huella mágica, como la ola que se retira de la orilla y que deja grabada en ella su silueta.
Esta segunda capa la componen decenas de elementos, entre los que encontramos ejemplos como: el valor y la madurez que otorga a la imaginación de los niños y la seriedad y respeto con que trata a los personajes infantiles; el planteamiento positivo de “lo desconocido”, que los personajes asumen con confianza y expectación y no con miedo; las cualidades y los valores morales que otorga a la infancia y a la vejez; la centralidad de las figuras femeninas (en especial el rol que desempeñan las mujeres ancianas, que raramente son centrales en la gran pantalla) y la relación entre mujer y poder; la articulación del bien y del mal como fuerzas complementarias, intercambiables y con lógicas propias; la posibilidad de que un personaje encarne varios roles en una misma película, especialmente en lo que se refiere a la figura del villano, que deja de ser el personaje monolítico y plano de los universos Marvel/Disney/etc., y que es capaz de argumentar sus razones y de desdoblarse; la atribución de nuevos valores a ciertas acciones o sentimientos, de modo que un gesto de amabilidad o de compasión puede presentarse como heroico; la posibilidad de supervivencia individual únicamente gracias y a través de la comunidad.

Fotograma de Nausicaä del Valle del Viento, que más tarde inspiraría a las hermanas Wachowski para realizar las últimas escenas de Matrix: Revolutions.
En el cine de Miyazaki, el progreso se presenta a menudo a través la aviación, gran representante del avance tecnológico. La aviación presenta siempre una doble faceta: por un lado, es fuente de ilusión y libertad, sensaciones que liga a menudo a la infancia de los personajes, pero por el otro, es el vector por el que se propaga la destrucción. En El castillo ambulante, Miyazaki muestra la destrucción de la guerra y lo íntimamente ligada que está con los avances técnicos en la aeronáutica: el mal viene del cielo. Lo mismo ocurre en Nausicaä del Valle del Viento, en la que la aviación representa la libertad absoluta (encarnada en el personaje de Nausicaä) y, a la vez, la destrucción total (que traen los aviones del reino de Tormekia). En Nausicaä, el progreso técnico absoluto viene representado por la figura del Dios Guerrero, que podríamos asimilar al arma nuclear, y que es presentada por el reino Tormekia como la solución a todos los problemas de la raza humana. Encontramos esta misma dicotomía, aunque de modo más suave, en Kiki, la aprendiz de bruja, en la que una escoba voladora está cargada de ilusión y de posibilidades y, en cambio, el dirigible gigantesco que enarbola la bandera del progreso termina estrellándose en medio de la ciudad y causando el caos.
A parte de la aviación, otros elementos muestran la entrada nociva del progreso en la realidad de los personajes. Entre ellos, encontramos la figura del tren, que a menudo representa el avance hacia la industrialización (El castillo en el cielo, El viento se levanta) o el paso hacia una edad adulta en la que las ilusiones de la infancia desaparecen (El viaje de Chihiro). Lo mismo ocurre con “el factor nuclear”, que Miyazaki presenta bajo metáforas (El castillo de Laputa, en El castillo en el cielo; el Dios Guerrero, en Nausicaä del Valle del Viento, incluso la “poción” de Fujimoto, en Ponyo en el acantilado). En manos de la raza humana, plantea Miyazaki, ese “factor nuclear” únicamente puede ser destructivo. Ninguna empresa, por muy noble o grande que sea, justifica el uso o la posesión de tal arma. No obstante, a través de personajes como Nausicaä o Sheeta, Miyazaki muestra su optimismo respecto a un mundo desnuclearizado. Estos dos personajes se caracterizan por la empatía que tienen con todos los seres vivos (Nausicaä) y por el tedio que les produce la violencia (Sheeta). Con estas “armas”, las dos se niegan a aceptar las fuerzas destructivas que otros personajes o reinos patrocinan como “la salvación” o “la redención”. Ese es su poder: su rechazo innato a la idea de que se puede destruir por la paz.
Pero, más allá de elementos precisos, lo que más destaca en el cine de Miyazaki es el modo en que muestra el nexo entre la naturaleza y la civilización moderna y, en especial, la relación que los personajes tienen con su entorno. La naturalidad con que Sosuke vive el mar (Ponyo en el acantilado), la íntima relación que Nausicaä y la princesa Mononoke tienen con el bosque, el monstruo pestilente que se mete en las aguas termales en El viaje de Chihiro y que, al final, resulta no ser más que un río contaminado, el personaje de Totoro… Todos apuntan en una misma dirección: los seres humanos estamos íntimamente ligados con nuestro ecosistema. No podemos olvidar que formamos una única comunión. Si justificamos cualquier acción en nombre del avance a ultranza, a pesar de que este destruya nuestro entorno, entonces estamos perdidos.
Alter, no anti
No obstante, no hay que calificar ni a Miyazaki ni a Sabato como anti-progreso. Sus posiciones no derivan en absoluto del rechazo o del miedo hacia el progreso, sino de la imperante falta de reflexión sobre las consecuencias que este tiene en el ser humano, tanto a nivel individual como de sociedad. De hecho, Miyazaki siempre ha mostrado una admiración absoluta por el mundo de la aviación. Pero admiración no significa incondicionalidad. Por su parte, Sabato dejó claro en su obra que no es la matemática, en tanto que base teórica del progreso tecnológico, la que le desquiciaba, sino el fanatismo al que dio lugar y que engendró la filosofía mecanicista que durante cuatro siglos ha dominado la sociedad occidental, cuyo ejemplo más visual, quizás, sea el intento de Descartes de situar el alma humana en un punto físico del cuerpo, la glándula pineal.
La técnica trajo irremediablemente ligada a ella la producción, y para justificar las inevitables consecuencias sociales que estas dos acarrearían, se dedujeron axiomas tales como “más es mejor”, “mejor es bueno”, “más es bueno”, que calaron en lo más hondo de nuestra concepción del mundo. Hoy en día, palabras como “crecimiento”, “progreso”, “aceleración”, están repletas de connotaciones positivas y, como por reflejo, todo lo que se oponga a ellas queda cubierto al instante con tintes de sospecha. ¿Cómo no desconfiar de aquello que va contra el progreso?
De ahí, también, la importancia, a nivel lingüístico y argumentativo, de no catalogar a Miyazaki o a Sabato de anti-nada. Lo que ellos proponen con su arte no es negar ni destruir, sino repensar muchas de aquellas cosas que consideramos normales, pero que no lo son en absoluto: repensar por qué un avión lanza bombas desde el cielo sobre personas que comen en sus casas. Repensar por qué el ser humano se encierra en urbes cada vez más grandes y se aleja de la naturaleza. Repensar por qué se corta un árbol. No es un avión, ni es una bomba, ni es un viejo, ni es un río, ni es una familia que duerme. Es todo eso y muchísimo más a la vez: una concepción entera del mundo.
Eso es lo que une a Sabato y a Miyazaki. La visión de otra vida paralela y posible y la convicción certera de que, aunque el camino que recorremos como sociedad global nos conduce inevitablemente a la destrucción, todavía se puede rectificar.

Fotograma de Kiki, la aprendiz de bruja
Bibliografía:
Carlos Granero. Toulouse 29/01/2020
Sentipensante
Eduardo Germán María Hughes Galeano, más conocido como Eduardo Galeano, nació en Montevideo, Uruguay, el 3 de septiembre de 1940. Serían necesarios 18 libros y cientos de artículos periodísticos para dar una imagen suficientemente nítida de quién fue Eduardo Galeano. Como escritor, como periodista y como persona, Galeano buscó definirse, encontrarse, a lo largo de toda su vida. Al final, a falta de una definición mejor, él eligió la de sentipensante: aquel que “siente y piensa a la vez”, que “dice con el corazón y la razón” ¿Acaso Galeano inventó ese término para poder describirse? No. Según cuenta él mismo sentipensante fue un término que aprendió de los pescadores colombianos de la región del Caribe.
Compromiso social: el periodismo
A los 20 años, Galeano ya era secretario de redacción del semanario Marcha, periódico uruguayo de izquierdas de tirada nacional. Más tarde sería director del diario Época y después fundador de Crisis en Buenos Aires. Después de un largo exilio en España, al que fue conducido por las dictaduras que vivieron Argentina y Uruguay en los años setenta y ochenta, Galeano regresó a Montevideo y fundó el periódico Brecha, donde escribió junto a periodistas como Hugo Alfaro, Mario Benedetti o Carlos María Domínguez. Desde los inicios de su carrera y fuese en el periódico que fuese, Galeano siempre mostró su preocupación por los oprimidos de cualquier parte del mundo. Así, escribió artículos sobre la dictadura paraguaya, o la deforestación del Alto Paraná. También escribió sobre Guatemala los conocidos artículos Guatemala, clave de Latinoamérica y Guatemala, país ocupado. Escribió sobre Cuba, sobre Nicaragua y sobre Uruguay. Pero no solo escribió sobre América Latina. Una de sus causas más antiguas fue el problema saharaui, el abandono de ese pueblo por el gobierno español y la invasión marroquí del Sáhara. A fin de cuentas, podríamos resumir el compromiso social de Galeano en una frase suya: “el mundo se divide en indignos e indignados”, y él siempre quiso estar del lado de los indignados.
Las venas abiertas
En 1971 se publica Las venas abiertas de América Latina, el primer libro de Galeano. Y aunque, años más tarde, el mismo escritor diría de su obra más conocida que no volvería a leerla porque “esa prosa de izquierda tradicional es pesadísima”, lo cierto es que es un libro que no dejó indiferente a América latina ni al mundo. Las venas abiertas de América Latina se convirtió en un referente para la izquierda revolucionaria latinoamericana. En él, Galeano hace un análisis histórico y económico del continente, denunciando el continuo saqueo y opresión a la que Latinoamérica ha sido sometida por los distintos poderes imperialistas. Siete años después de la publicación del libro, en el año 1978, Galeano se encontraba en el exilio en Barcelona, y países como Chile, Argentina, Uruguay o Brasil vivían dictaduras amparadas por el gobierno imperialista de los Estados Unidos.
El exilio y la verdadera historia de América Latina: Memoria del fuego
Fue durante el exilio que sufrió Galeano, y que lo llevó a vivir en España, cuando nació Memoria del fuego y fue un poema escrito por Constantino Cavafis el que le dio la idea de reescribir la historia de América Latina. Pero esta vez la idea no era escribir una historia basada en gobernantes, militares, batallas y conquistas. Esta vez se trataba de escribir la historia de la gente de América Latina, la historia de apoyo mutuo y supervivencia, de tradiciones y culturas milenarias. Una historia donde los protagonistas fuesen hombres y mujeres a partes iguales. Una historia escrita por y para los indignados en lugar de por y para los indignos. La historia de América Latina “por el ojo de la cerradura”.
Criticas y elogios
Durante toda su vida, Galeano vivió como latinoamericano, como miembro de la patria grande, y eso, junto a su ideología política, lo llevó a involucrarse en todas las revoluciones sociales que vivió América Latina mientras él estuvo vivo. Desde la revolución de Cuba hasta la de Venezuela, pasando por Guatemala, México, El Salvador, Bolivia, Nicaragua, Chile etc. En todas se involucró a través de sus escritos, pero también participando en actos y desplazándose al país en cuestión para poder conocer la situación. Sin embargo, él, que siempre se consideró amigo de las revoluciones sociales, siempre aplicó con ellas una máxima que aprendió de Carlos Fonseca Amador. Así, durante la inauguración del premio Casa de las Américas 2012 en Cuba, Galeano afirmó:
“Esta casa es mi casa. La casa nuestra. Y porque así la siento y así la sé, he sido y seguiré siendo su siempre amigo, de acuerdo con aquella definición de la amistad que nos legara Carlos Fonseca Amador, fundador del Frente Sandinista en Nicaragua, cuando Carlos dijo que el verdadero amigo, el amigo de verdad es el que critica de frente y elogia por la espalda”.
Las mujeres
Las mujeres, y la discriminación de la cual son víctimas, siempre fue uno de los temas recurrentes en la literatura de Eduardo Galeano, que se esforzó durante toda su carrera no solo en denunciar las injusticias cometidas contra las mujeres, sino también en luchar contra la invisibilización histórica y presente de la que también han sido y son víctimas. Así, por ejemplo, la mayor parte de las historias que contiene Los hijos de los días tienen por protagonista a una mujer.
No contento con reescribir la historia para que en ella el papel de las mujeres fuese al menos tan importante como el de los hombres, Galeano se atrevió a contar la verdadera historia de Adán y Eva. En Patas arriba. La escuela del mundo al revés, Galeano dio por primera vez voz a Eva. Voz que había sido enmudecida a través de los siglos. Así, Eva pudo contarnos que “ella no nació de ninguna costilla, ni conoció a ninguna serpiente, ni ofreció manzanas a nadie, y que Dios nunca le dijo que: “parirás con dolor y tu marido te dominará”. Que todas esas historias son puras mentiras que Adán contó a la prensa.”
Una carta del Salvador
En una carta que recibió Eduardo Galeano en su casa de Montevideo se le explicaba que en 1984, en la batalla de Chalatenango, el ejército Salvadoreño había disparado por la espalda a un guerrillero. La bala que acabó con la vida de aquel joven guerrillero, que no alcanzaba la edad de 20 años, había atravesado antes la mochila que el joven portaba, y así, la bala había atravesado un libro dejando un agujero de tapa a tapa. Junto a la carta se encontraba el libro en cuestión, Las venas abiertas de América Latina. Un capitán del ejército guardó el libro hasta que pudo hacérselo llegar a su escritor.
Quizás esta anécdota en torno a la muerte de un guerrillero salvadoreño anónimo ilustre la importancia que tuvo Las venas abiertas de América Latina entre Los nadies:
Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica Roja de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.
El desafío
Hasta el final de sus días tuvo claro cuál fue el reto más importante al que jamás tuvo que enfrentarse como escritor. Aquel que le mostró la importancia de elegir bien las palabras y la dificultad que entrañaba el acto de narrar. Aquel que le enseño que para contar historias había que ser digno de las palabras que uno iba a utilizar. No fue la redacción de ninguno de sus libros ni de sus artículos, tampoco la elaboración de un discurso en un acto político o de recepción de ningún premio. De hecho, muy pocas personas pudieron presenciar el momento en el que Galeano se enfrentó a ese reto. Fue en Bolivia, en Llallagua, una región que vive, o más bien muere, de sus minas de estaño. Allí había ido Galeano, en el año 1971 enviado por el semanario Marcha. Fruto de sus vivencias con los mineros de esa región, escribió una extensa crónica donde narraba cómo era ser un proletario minero, sentenciado a morir temprano por la silicosis, oprimido por un gobierno dictatorial y las grandes corporaciones mineras que controlaban el país.
Galeano tuvo que enfrentarse al desafío una madrugada, cuando tras pasar una temporada con los mineros de Llallagua, llegó el momento de partir y dejar a los amigos. Y cuenta Galeano que, tras una noche de mucho beber y mucho contar chistes malos, cuando se acercaba el amanecer, la hora en que la sirena llamaba a sus amigos a la mina, se atrevieron a pedirle que les contase cómo era la mar. Y dice que pensó que “ninguno de ellos iba a verla nunca, todos iban a morir temprano, y yo no tenía más remedio que traerles la mar, la mar que estaba lejísimos, y encontrar palabras que fueran capaces de mojarlos.”
El fútbol
Quizás la imagen que mejor define el amor de Galeano por el fútbol, temática sobre la que escribió en todos sus libros, y a la que le dedicó El fútbol a sol y sombra, no la encontramos hasta un día después de su muerte. El 14 de abril de 2015, mientras Uruguay daba el último adiós a Galeano en el Salón de los Pasos Perdidos del parlamento, en la capital del país, uno de sus compatriotas, que seguramente lo conocía bien, colocó sobre la tumba una bandera del Nacional, equipo de fútbol de Galeano. A nadie se le ocurrió retirar esa bandera.
Anexo: Textos de Eduardo Galeano
Además de innumerables artículos periodísticos y ensayos políticos que han sido publicados en recopilaciones como Voces de nuestro tiempo: ensayos, entrevistas, Contraseña (artículos), o Nosotros decimos no. Crónicas (1962-1988), Eduardo Galeano escribió 18 libros que él mismo decidió resaltar por encima de sus demás escritos.
Consciente de la existencia del analfabetismo, decidió grabar él mismo gran parte de sus escritos con el fin de que pudiesen llegar a aquellos incapaces de leer.
Bibliografía
Imagen de portada: EFE. Artistas del Colectivo Boa Mistura pintan un mural en el Centro Dramático Nacional, Madrid.
El libro de los abrazos. Eduardo Galeano. 1989.
Nosotros decimos no. Eduardo Galeano. 1962-1988.
Las venas abiertas de América Latina. Eduardo Galeano. 1971.
Chile and the United States: Declassified Documents Relating to the Military Coup,
September 11, 1973, by Peter Kornbluh, National Security Archive Eectronic Briefing Book No. 8
https://nsarchive2.gwu.edu//NSAEBB/NSAEBB8/nsaebb8i.htm
Nixon: «Brazil helped rig the uruguayan elections,» 1971, by Carlos Osorio, National Security Archive Electronic Briefing Book No.71,
https://nsarchive2.gwu.edu/NSAEBB/NSAEBB71/
On 30th anniversary of argentine coup new declassified details on repression and U.S. support for military dictatorship, by Carlos Osorio. https://nsarchive2.gwu.edu/NSAEBB/NSAEBB185/index.htm
Memoria del fuego vol 1, 2 y 3. Eduardo Galeano. 1982, 1983, 1986.
Galeano en Cuba (Casa de las Américas) http://www.youtube.com/watch?v=pauHxytTuQ0
Los hijos de los días. Eduardo Galeano. 2012.
Patas arriba. La escuela del mundo al revés. Eduardo Galeano. 1998.
El futbol a sol y sombra. Eduardo Galeano. 1995.
Voces de nuestro tiempo: ensayos, entrevistas. Eduardo Galeano. 1981.
Contraseña (artículos). Eduardo Galeano. 1985.
Bocas del tiempo. Eduardo Galeano. 2004.
Tejidos. Eduardo Galeano. 2001.
Diego Ventura, a 15/01/2020. Lovaina
“Nos reímos de los turistas, pero ansiamos convertirnos en ellos”
Jodidos turistas (2017): Antipersona
¿Se puede viajar sin hacer turismo? ¿Es realmente el turismo un generador de riqueza? En ese caso, ¿para quién? En el año 2018, España recibió de este sector un total de 176 millones euros y creó 2,8 millones de puestos de trabajo, según los datos de World Travel & Tourism Council. Ahora bien, ¿quién ha salido ganando con esta transacción de personas y capital? Seguimos pensando que plataformas como Airbnb o HomeAway son fruto de economías colaborativas e igualitarias; seguimos pensando que nos aprovechamos de la ingenuidad de los guiris al cobrarles el doble por una cerveza; seguimos pensando que el Spain is different impulsado por Fraga nos beneficia, y seguimos trabajando y ahorrando para ganarnos ese “merecido descanso” que nos dé fuerzas para seguir trabajando. Quizás haya llegado el momento de replantearse todo esto.
Jodidos turistas (2017) es un libro firmado y publicado por la editorial independiente Antipersona. Editorial independiente, a día de hoy deviene casi en un oxímoron o una resistencia, según se vea. Por eso, desde Arché queremos reivindicar este tipo de publicaciones.
Este ensayo crítico cuenta con cuatro capítulos precedidos por una breve introducción. Todos ellos, firmados por autores y autoras diferentes, abordan de manera coherente y cohesionada las causas y las consecuencias del sector turístico en España a través de un acercamiento incisivo. Desde que “llegaron las suecas” a las costas del Mediterráneo hasta los desahucios invisibles de Gràcia o Palma, esta punzante lectura nos ofrece una visión alternativa a los llamativos eslóganes del turismo que se autoproclamaron impulsores de la economía española.
El primer capítulo, firmado por Fanzine Malpaís, ahonda en una serie de conceptos clave del turismo industrial sobre los que conviene reflexionar. El primero de ellos es el de la asimilación de las vacaciones turísticas como “necesidad, derecho o premio” que subyace tras el discurso propagandístico del viaje. “La idea de que nuestro día a día bien merece una escapada es una muestra de que el capitalismo es capaz incluso de rentabilizar la conciencia de que el mundo que ha creado es difícilmente soportable”. Esta denuncia al generador del “turismo fordista” invita a la reflexión sobre la necesidad del trabajador de escapar de su rutina hacia un mundo alejado y auténtico para poder satisfacer sus necesidades y expectativas.
Es aquí donde querría detenerme, ya que, en mi opinión, el viaje no comienza al preparar la maleta, sino mucho antes. La conformación del imaginario colectivo creado alrededor de los destinos turísticos, ya sea por las turoperadoras, los medios de comunicación, el cine, los gobiernos o los lobbies turísticos, es un pilar fundamental en esta cadena. En primer lugar, como apunta el ensayo, se ha generalizado en la sociedad actual la necesidad imperiosa de rentabilizar las vacaciones en breves escapadas o lapsos temporales que ayuden a olvidar durante un par de semanas la precariedad laboral en la que se encuentra el trabajador, para así volver con la energía suficiente para seguir trabajando y con las miras puestas en las siguientes vacaciones. El humorista Pepe Colubi lo resumió acertadamente en una edición de Ilustres Ignorantes: “Las vacaciones son el opio del pueblo”.
Ahora bien, la creación de este imaginario se desarrolla en más esferas. El siguiente paso se basa en la estereotipación de los lugares de destino turístico con un fin eminentemente económico: México-Tequila, España-Sol-Flamenco-Paella, Mikonos-Fiesta, Perú-Indígenas, Marruecos-Zocos, Tanzania-Safari, etc.
¿Cuál es el problema de esta rápida asociación de ideas? Jodidos turistas utiliza los términos de colonización y aculturación. Y es que, la creación de un imaginario tan férreo genera una serie de expectativas en los turistas que, como portadores de capital, exigirán en los lugares visitados. Por lo tanto, cuando el turista llegue a Perú, querrá corroborar su imagen etnocentrista de los indígenas y pagará por ver un safari humano en el que un grupo de personas de baja estatura y piel morena bailen y realicen rituales de caza entre tambores.
Cabe reconocer que esta situación pasa también por el hecho de que los indígenas se presten a realizar estos teatros. Pero, ¿cuál es la alternativa? Si estas comunidades, que parten de una desigualdad histórica, se encuentran en una zona explotada turísticamente y su economía queda supeditada a los intereses de la industria, no les queda otra opción que la de adaptar sus tradiciones y su cultura al ojo y al paladar del generador de riqueza: el turista. En resumen, que si una economía queda subordinada a los intereses turísticos, el sector servicios terminará por adaptarse a los cánones impuestos por este y a sus exigencias, dando como resultado una renta débil, dependiente y desigual.
En los siguientes capítulos, Jodidos turistas ejemplifica estos y otros conceptos con casos preocupantes como el de Barcelona o el de las Islas Baleares. En la Ciudad Condal, por ejemplo, tras las Olimpiadas del 92 comenzó la venta del suelo a los inversores, especuladores y agentes turísticos para atraer a un mayor número de visitantes. El “Modelo Barcelona”, vendido como la panacea en aquel momento, ha degenerado en una insostenibilidad a varios niveles. Ya sea por los prohibitivos alquileres del centro de la ciudad, impulsados por la especulación y rematados por plataformas como Airbnb o HomeAway, que provocan la turistificación-gentrificación, o los desahucios invisibles (ocasionados cuando en las revisiones trienales suben los precios de los arrendamientos hasta forzar el desalojo, para utilizarlos como pisos turísticos); ya sea por la contaminación acústica del turismo de alcohol y drogas; ya sea por la explotación de las zonas turísticas, como Las Ramblas o el Park Güell; ya sea por los contratos basura de los trabajadores estacionales, que provocan situaciones vergonzosas como aquellas en las que una kelly, cobrando 700 euros al mes, se encuentre limpiando una suite de hotel de 2.000 euros la noche. Todas estas situaciones, idénticas (y en ocasiones más pronunciadas) en las Islas Baleares, están generando un desencanto y una movilización social que pretende desmentir el discurso oficial del turismo como generador de riqueza. Es cierto que genera riqueza, pero no para los trabajadores del sector, ni para los vecinos, (excepto para “los pequeños capitalistas que ven la oportunidad de ganar grandes cantidades con pequeñas inversiones, ya sean los propietarios que prefieren alquilar a turistas o los arrendatarios que subalquilan los pisos”) quienes se ven forzados a abandonar sus barrios o a resistir en duras condiciones.

Para terminar, firmado por Layla Martínez, se dedica un capítulo al turismo rural. Quizás por el tema tratado, por la agudeza y el sarcasmo de la autora o por la urgencia de la España vacía y vaciada, este ha sido el capítulo que más me ha llamado la atención. Desde una narración en primera persona, que rompe con la impersonal tercera persona de los capítulos anteriores, la autora pone el dedo en la llaga de este tipo de turismo:
“ Hace tres años vivía en Asturias, en un pueblo de 118 habitantes ubicado dentro del Parque Natural de los Picos de Europa. Trabajaba con un pastor que pasaba el verano en una majada en plena montaña. […] Recuerdo la primera vez que me hicieron una foto. Cándido [el pastor] acababa de hacer el segundo ordeño del día y yo me encargué de transportar las lecheras desde el establo a la quesería. Tenía las botas de goma hasta arriba de mierda, iba vestida con una camiseta vieja y unos pantalones de currar, […] Estaba concentrada en que no se me cayese la carretilla en medio del barrizal, así que no vi cómo aquel turista colocaba el trípode. Solo le vi cuando me dijo “eh”. Giré la cabeza y en ese momento me hizo la foto. No me pidió permiso, no me preguntó. Únicamente me chistó para conseguir un mejor plano. Me sentí agredida. Aquel imbécil recién salido de la sección de montaña del Decathlon acababa de hacerme una foto sin permiso. Como si yo fuese una atracción turística”.
Esta anécdota nos ayuda a empatizar y a comprender la situación descrita y denunciada. La tesis de la autora es breve y concisa. Parte de la deslegitimación que ejerce el ciudadano urbanita hacia la comunidad rural, catalogándola, desde una posición de hipócrita ventaja, como una comunidad de paletos. Sin embargo, apunta la autora, existe una pulsión del turista hacia este mundo perdido para paliar las crisis existenciales generadas en sus grandes ciudades. Entonces se dirige vestido con sus mejores galas de montaña a exigir y a demandar en el mundo rural su imaginario sobre este. Pretende ver a los pastores viviendo en cabañas y escuchando folclore y se enfada si descubre que también en estos pueblos la gente come kebabs y usa tabletas, porque entonces “ya no es auténtico” o “se pierden los valores tradicionales”. Es aquí cuando se crea la gran incongruencia de este tipo de turismo, que reniega e incluso desmerece al pueblerino, pero le obliga a anclarse en esa anacronía romantizada que tiene sobre el mundo rural; llegando a enfadarse si no corrobora su impostada visión sobre estos. Podríamos decir que, a fin de cuentas, el turista busca una suerte de parque temático para adultos en el que evadirse de su rutina metropolitana y desconectar en un mundo rural que ennoblece a la vez que discrimina. Paradójico, ¿no?
Jodidos turistas es más que un simple ensayo en contra del turismo de masas. Este texto coral, de autoría múltiple, recuerda al libelo literario por su estilo dinámico y combativo. En mi opinión, aspira al manifiesto y lo consigue, dando como resultado una contra-guía turística. Su lectura nos obliga a replantearnos nuestra conducta a la hora de viajar, a hacer autocrítica sobre la responsabilidad que tenemos como portadores de capital cuando visitamos otros lugares. Pero también nos exige lanzar una diatriba a la industria del viaje, a las políticas estatales del sector turístico y a las desigualdades que generan: mucho para unos pocos y poco para muchos. Jodidos turistas apela a la crítica constructiva y a la organización social, no para frenar algo inevitable como el turismo, sino para repensarlo e intentar reformularlo.
Bibliografía utilizada:
– Antipersona, Jodidos turistas (2017).
– Datos sobre el informe de World Travel & Tourism Council: https://www.hosteltur.com/130893_el-turismo-el-sector-que-mas-riqueza-aporta-a-la-economia-espanola.html
– Imagen de portada: https://distriantipersona.wordpress.com/2017/12/07/jodidos-turistas/
– Imagen dentro del texto. Dibujo realizado por Guille17 para la revista Eljueves. Recuperado de: https://www.assistancescolaire.com/eleve/TSTMG/espagnol/travailler-sur-des-sujets-du-bac/sujet-national-juin-2018-series-technologiques-t_esprde158_web/print?print=1&printSheet=1
Raül Nuevo. Benavente, 27/12/2019
A menudo ocurre que concebimos la historia en fascículos, en bloques separados los unos de los otros. Ciertas fechas, como 1492 o 1789, marcan el principio y el fin de estos bloques y nos permiten ubicarnos con facilidad, pero también nos conducen a generalizaciones erróneas. Escuchamos afirmaciones como “en la Edad Media se quemaba a los herejes en la hoguera”, “la Revolución Francesa abolió la monarquía” o “en la Antigua Grecia se inventó la democracia”. Sin embargo, en cuanto hurgamos un poco, observamos que la Edad Media hace referencia a un período de mil años, que esa democracia griega es en realidad la democracia ateniense, que tras la Revolución Francesa hubo una restauración monárquica, etc.
En pocas palabras, una de las consecuencias de las simplificaciones es que tomamos la parte por el todo. Fotografiamos un momento exacto y un lugar preciso y aplicamos aquello que vemos a una época y a un espacio mucho más amplios. Con las celebridades ocurre lo mismo. Se toma un momento de su vida, a menudo el más espectacular y álgido, y se designa con ello su existencia entera.

Pero la historia y las vidas no son fotografías, sino una sucesión continua de acontecimientos, de pensamientos. Son cambio y conservación a la vez. La historia y las vidas tienen que ser vistas como un todo, como un gran círculo, y no como una serie de hechos separados e independientes. Sin ser por ello falsas, las verdades incompletas olvidan a menudo partes extremadamente importantes de la realidad.
El objetivo de este artículo es mostrar que Tolstoi no siempre fue un viejo que escribía Guerra y Paz, ni Resurrección, ni fue siempre un vegetariano que propugnaba ideas pacifistas. Como en la de cualquier persona, encontramos en su vida contradicciones, encontramos transformaciones y procesos de cambio. Como cualquier persona, Tolstoi también fue joven.
La muerte, la tumba.
Es el año 1910 y nos encontramos en la estación de tren de Astápovo, unos cuatrocientos kilómetros al sur de Moscú. El conde Lev Tolstoi acaba de morir en la caseta de guardia de la estación. La imagen que con él queda la define bien su tumba. Beatus ille, bienaventurado sea el que se aleja del ruido y se adentra en la paz de la vida sencilla.

Tolstoi ha alcanzado una fama descomunal. Tanto lo veneran las gentes y tanto se le exige y se espera de él, que su vida y sus actos ya casi no le pertenecen. Solo quiere retirarse, vivir como un hombre más, de manera sencilla y alejado de la parafernalia aristocrática que tantos años lo ha acompañado. ¡Pero qué lejos queda ese anhelo! A izquierda y derecha lo atan compromisos. Los amigos lo solicitan, la correspondencia se acumula, como también se acumulan los viajeros que, desde toda Rusia, vienen a pedir consejo al maestro. En casa, las responsabilidades lo ahogan. Sofía, su mujer, lo amenaza con suicidarse si se marcha; la Iglesia lo atosiga…. Como dos caballos que empujan hacia direcciones opuestas, así se alejan su realidad y sus deseos, incompatibles la una con los otros. Justo ahora, cuando la necesidad de desaparecer y estar en paz es más profunda que nunca, es también cuando más le pesa la vida.
Por lo que de épico tienen y por el áurea casi religiosa que los envuelve, los últimos días del escritor han quedado grabados en la memoria de muchos. Diez días antes de su muerte, a la edad de 82 años, Lev Tolstoi abandona por última vez su finca de Yasnaia Poliana. El conde da finalmente el paso decisivo y deja atrás su vida de aristócrata. Cede todas sus tierras y sus posesiones a los campesinos, abandona su hogar y a sus seres queridos y se marcha con su hija Alexandra, con la que mejor relación guarda de los trece que tiene. El día de su huida, escribe a su mujer:
“Mi partida te causará tristeza. Lo siento, pero comprende y créeme, no puedo actuar de otro modo. Para mí, la situación en casa se está volviendo, se ha vuelto insoportable. […] no puedo seguir viviendo en las condiciones de lujo en las que he vivido, y hago lo que los viejos de mi edad normalmente hacen: retirarse de la vida mundana para vivir en soledad y tranquilos sus últimos días”.
Mucho de lo que hizo es cuestionable, si no en el fondo, pues siempre puede haber razones para todo, sí en la forma. Pero eso no nos atañe ahora. Lo que es innegable es que son muy pocos los que, habiéndolos o no merecido, renuncian sin más a sus privilegios en favor de los demás. El viejo Tolstoi fue uno de ellos, y por ello le rendimos aquí homenaje.
No obstante, como hemos dicho en la introducción, las vidas no son fotografías. Quien hoy tiene poder pudo antes no tenerlo; quien ahora es amado por muchos, quizás muera un día solo; y así se suceden las cosas. Por eso, también, el porqué de este artículo: sin quitar mérito a Tolstoi, pondremos a continuación el foco sobre una parte de su vida quizás menos conocida y sin duda mucho menos ejemplar que su vejez. No queremos con ello desmitificar al personaje, sino tratar de ampliar la idea que en general se tiene de él y, con ello, completar a Tolstoi.
Tolstoi, el joven
Quizás los santos existen, quizás no. En cualquier caso, Tolstoi no fue uno de ellos. Al menos, no de joven. En 1887 se publicaba su breve libro autobiográfico Confesión. En él, el autor, a sus cincuenta y nueve años, recuerda su juventud con estas palabras:
“No puedo recordar aquellos años sin sentir angustia, horror y asco. Mataba hombres en la guerra, me batía en duelo para matar; jugaba a las cartas, devoraba el fruto del trabajo de los campesinos, les infligía castigos corporales, fornicaba, engañaba. Mentiras, caza, adulterio, borracheras, violencia, asesinatos. No hubo crimen que no cometiera, y por todos ellos recibía felicitaciones. Los colegas de mi edad me consideraban y me consideran un hombre relativamente moral”.

Estas líneas no dejan de impresionar por la violencia y sinceridad que desprenden. Más honda aún es la impresión si comparamos a ese joven que fornica y asesina con el viejo que en 1894 publicará El reino de Dios está en vosotros, libro que causará mella en Mahatma Gandhi e influirá en la elaboración de la Satyagraha, la doctrina de la no-violencia activa.
Sus acciones son a menudo reprochables, muchas de ellas incluso despreciables, empezando por la opinión que tiene de las mujeres: “antes me bastaba con saber que un libro lo había escrito una mujer para no leerlo” (esta es solo una de las tantas frases que podrían citarse aquí). El mismo Tolstoi es consciente de estas dos facetas opuestas de su vida. Ya viejo, escribe a su amigo y biógrafo Pavel Biriukov: “[…] he comprendido que sería interesante y quizás útil mostrar a los hombres la bajeza de mi vida hasta mi despertar y, sin falsa modestia, toda la bondad (…) después de mi despertar”. De nuevo, hay mucha sinceridad en sus palabras. Quizás sea este uno de los rasgos que mantendrá Tolstoi a lo largo de su vida: sinceridad con los otros y consigo mismo. De joven, afronta constantemente con vergüenza sus actos, que no están a la altura de sus ideales. Pese a no aprobarlos, los reconoce. Y, de mayor, lo mismo. Reconoce sus pecados, sus errores. Con apenas veinte años, reprime y fustiga constantemente su conciencia. Se prohíbe jugar a las cartas, se obliga a levantarse temprano, a no enfurecerse en las conversaciones. Incluso crea una serie de reglas de conducta que debe seguir. Pero juega, bebe, se levanta tarde, discute y pelea. En sus diarios de juventud, leemos:
“He violado la primera regla, evitar las borracheras; la segunda, levantarme pronto; la tercera, no pensar en el futuro; la cuarta, no jugar a las cartas; la quinta, mantener el orden; la sexta, no empezar varios trabajos a la vez; la séptima, actuar con decisión”.
Las que más lo atormentan son, sin duda, la segunda y la cuarta. Observamos en sus diarios innumerables referencias a estas reglas, y no es extraño en absoluto el día que empieza a escribir con un “me he levantado tarde”. Tolstoi sabe lo que debe hacer y lo que no, sabe que cuando bebe y discute se le enturbia el alma, sabe que cuando no escribe se siente mal, inútil; sabe, pero no actúa. Le falta voluntad y le sobra pereza. La pereza, otra culpa constante: “estaría contento de mi día, si no fuera por la pereza”, “me reprocho mi pereza”, “lo que más me importa en la vida es corregir mi pereza (…)”, etc. Es como si su cabeza hubiera madurado antes que su corazón y hubiera en su alma un choque de trenes. Sabe que no debe hacer ciertas cosas, pero su sangre de toro no le da opción: fanfarria, burdeles y remordimiento. Y luego están el juego y las cartas, y con ellas las deudas, pues gana pocas veces.
Sin embargo, hay que ir con cuidado con la sinceridad de Tolstoi. A partir de cierto momento en su vida, sobre los cuarenta años, más o menos, cuando escribe Guerra y Paz, Tolstoi comienza a escribir su diario con cabeza, más reflexivamente. Sabe que muchos lo leerán algún día, lo que lo lleva a concentrar su energía en exponer sus ideas filosóficas antes que en detallar su día a día. En cambio, durante su juventud hace más bien lo contrario. Es una escritura mucho más visceral, más roja, y solo para él. Por eso no debemos sorprendernos cuando, tras leer durante semanas y semanas frases como “no he hecho nada en todo el día” o “soy un vago”, echamos una ojeada a sus publicaciones y encontramos que durante ese mismo período escribió varios artículos, comenzó una novela y terminó otra que tenida ya empezada.
Esta es otra de las grandes constantes en su vida: la escritura. Independientemente de la grandeza o bajeza de sus acciones, Tolstoi fue siempre un escritor incansable. Con apenas veintitrés años, en el apogeo de sus excesos, se dispuso a escribir una autobiografía en tres volúmenes (¡y lo hizo!). Quizás sea esta la virtud que menos supo valorar, ya que, como suele ocurrir, es difícil valorar lo que a uno se le ha dado por naturaleza, sean los rayos del Sol, una madre, o el amor al trabajo. Tolstoi escribió siempre que la salud se lo permitió, constante y tenaz. “No dejar nunca de escribir, sea bueno o malo lo que se escribe. Escribir hace que nos acostumbremos a trabajar y forma el estilo (…) Cuando no se escribe, se deja uno llevar y empieza a cometer idioteces”.
No solo de la autocrítica nació Resurrección, ni de la detallada observación Guerra y Paz. No fue solo la visión penetrante de Tolstoi la que escribió La muerte de Iván Ilich, ni el amplio horizonte de su alma el que entendió Cuánta tierra necesita un hombre. Como el carpintero con la madera y el barquero con la barca y el agua, Tolstoi pasó su vida rodeado de folios y tinta, cultivando siempre el oficio de escritor.
Bibliografía utilizada:
Birukov, P. (1906). Léon Tolstoï : vie et œuvre. Paris : Société du Mercure de France.Volumes 1, 2 et 3.
Tolstoï, L. (1917). Journal intime des quinze dernières années de sa vie. Paris : Flammarion.
Tolstoï, L. (1926). Journal intime 1853-1865. Paris: Éditions Fasquelle.
Carta de León Tolstoi a su mujer escrita el 28 de octubre de 1910. Extraído de http://textespretextes.blogs.lalibre.be/archive/2012/05/17/tolstoi-a-sa-femme.html
Tolstoi, L. (1887). Ma confession (p.13). Paris : La Bibliothèque russe et slave. Extraído de https://bibliotheque-russe-et-slave.com/Livres/Tolstoi%20-%20Ma%20confession.pdf
Carlos Granero. Toulouse 16/12/2019
A pesar de lo que muchos amantes de la literatura latinoamericana puedan pensar, el realismo mágico no tiene su origen en el continente americano. El término “realismo mágico” fue utilizado por primera vez en 1925 en Europa por el crítico de arte alemán Franz Roh. En su libro llamado Realismo mágico: Post expresionismo: Problemas de la pintura más reciente, Franz Roh utiliza la expresión “realismo mágico” para describir la obra de ciertos pintores postexpresionistas, como Max Beckmann u Otto Dix, que comenzaron a pintar objetos ordinarios desde una fascinación nacida del artista, el cual redescubre la realidad más cotidiana, alterándola y otorgándole un matiz mágico.
A América Latina el término llegó con cierto retraso, cuando en Europa ya estaba en desuso. Fue el escritor Venezolano Arturo Uslar Pietri quien lo introdujo en el continente con su libro “Letras y hombres de Venezuela” publicado en 1948. Y es en América Latina, en torno a las décadas de los cuarenta y cincuenta, donde el realismo mágico, que apenas se desarrolló en Europa, empieza realmente a dar sus frutos en el campo de la literatura.
Es también en la década de los 40, más concretamente en el año 1949, cuando Alejo Carpentier en el prólogo de su novela “El reino de este mundo”, claramente influenciado por el fenómeno magicorrealista, concibe lo “real maravilloso”. Carpentier establece lo real maravilloso sobre dos postulados: el primero es que la realidad americana presenta unos privilegios estéticos extraordinarios y el segundo que para poder percibir lo real maravilloso del continente americano el escritor debe tener fe en la existencia de las maravillas inherentes al continente: “los que no creen en santos no pueden curarse de los milagros de los santos”. Sin embargo, como veremos más adelante la relación entre realismo mágico y lo real maravilloso no es clara, y está sujeta a interpretaciones.
De esta manera quedan claros los orígenes del término “realismo mágico”, como también lo está su llegada a América Latina. Sin embargo, no es tan sencillo descubrir la raíz del movimiento literario latinoamericano magicorrealista. Para poder llevar a cabo dicha tarea, en primer lugar es necesario definir el realismo mágico. Con ese fin se realizó, en el año 1973, el XVI Congreso Internacional de Literatura Iberoamericana “Otros mundos, otros fuegos. Realismo mágico y literatura fantástica en Latinoamérica”, en el cual se intentó definir el realismo mágico dentro de la literatura del continente. La delgada, tortuosa y a veces difusa línea divisoria entre realismo mágico, lo real maravilloso y literatura fantástica latinoamericana impidió la definición clara de dicho movimiento, que permanece hoy en día nonata.
Distintas interpretaciones del realismo mágico
Se considera que el primer crítico literario que definió y popularizó el realismo mágico en Latinoamérica fue Ángel Flores en 1955. Flores define el realismo mágico como una “amalgama de realidad y fantasía”, y lo caracteriza por el interés de transformar lo cotidiano en irreal y lo irreal en cotidiano, conduciendo a una nueva génesis de la realidad en la que se presentan las cosas con un nuevo aspecto: maravilloso, fantástico.
En cambio, Luis Leal, Enrique Imbert y Tzvetan Todorov separan completamente realismo mágico y fantasía. Mientras que en la fantasía se crean nuevos mundos e inventan seres fantásticos, en el realismo mágico el escritor no inventa nada, sino que penetra la realidad con el fin de descifrar sus misterios, los cuales forman parte integral de esta. Así, Miguel Ángel Asturias escribe sobre el continente americano que:
“La realidad y lo maravilloso son inseparables. Las personas se mueven en una mezcla de magia y realidad … Vivimos en un mundo sin fronteras entre lo real y lo maravilloso.”
Entendido de esta manera, el realismo mágico no tiene relación con la literatura fantástica al no distorsionar la realidad. En la literatura magicorrealista realidad y magia forman una unidad nacida de la esencia misma de las cosas.
“… el escritor magicorrealista se apoya en creencias, actitudes y acciones de los personajes que están guiadas por una cosmovisión que incluye lo maravilloso y lo metafísico como parte de la vida cotidiana convirtiendo la realidad en mágica …”
Así, podemos establecer que, mientras la literatura fantástica presenta la magia como si fuera real, el realismo mágico presenta la realidad como mágica.
La línea divisoria entre realismo mágico y lo real maravilloso es aún más difusa, y encontramos expertos para los que ni siquiera existe tal línea, como es el caso de Fernando Alegría, que llega a la conclusión de que realismo mágico y lo real maravilloso son sinónimos, o Gloria Bautista Schwartz, que apoya esta tésis.
La teoría opuesta, de diferenciación entre realismo mágico y lo real maravilloso, es defendida entre otros por Eva Lukavska. Lukavska sostiene que en lo real maravilloso, la realidad es fantástica sin necesidad de que para ello intervenga el escritor. En cambio, en el realismo mágico es el escritor el que mediante el trabajo de la realidad y la penetración en la esencia misma de esta consigue convertir la experiencia empírica en maravillosa. Para conseguir esta mutación de la realidad cotidiana en maravillosa el escritor se vale de numerosos recursos estéticos y narrativos.
Aunque los límites del realismo mágico no han podido ser perfectamente delineados por nadie, en general existen una serie de características que todo el mundo está de acuerdo en atribuirle.
Características del realismo mágico
1- El realismo mágico se apoya en la realidad, y es en esta donde encuentra sus fuentes de creación. Concretamente halla el lugar idóneo para desarrollarse en la realidad latinoamericana, donde la historia y la naturaleza tienen suficientes rasgos misteriosos como para que lo maravilloso pueda ser fusionado con lo real. De esta manera, el escritor utiliza descripciones realistas minuciosas aplicadas a asuntos sobrenaturales.
2- En el realismo mágico la cosmovisión del mundo basada en mitos, supersticiones, leyendas y regionalismos toma un lugar central en la narración, incorporando todo este folclore a la realidad y la historia como una parte más de ellas. Gabriel García Márquez, en 1989, durante una entrevista, lo expresó así:
“Para ella (su abuela) los mitos, las leyendas, las creencias de la gente, formaban parte, y de manera muy natural de su vida cotidiana. Pensando en ella me di cuenta de pronto que no estaba inventando nada, sino simplemente captando y refiriendo un mundo de presagios, de terapias, de premoniciones, de supersticiones (…) que era muy nuestro, muy latinoamericano (…) aquellos hombres que en nuestro país consiguen sacarle de la oreja los gusanos a una vaca rezándole oraciones. Toda nuestra vida diaria, en América Latina, esta llena de casos como este.”
3- La cultura popular latinoamericana es fruto de la fusión de grupos étnicos dispares, cada uno de los cuales presentaba una religión y un folclore diferentes. Los escritores magicorrealistas utilizan este conglomerado cultural estructurado sobre múltiples civilizaciones diferentes para exponer las raíces comunes del hombre americano con el hombre universal.
4- En el mundo magicorrealista los acontecimientos sobrenaturales no provocan reacción alguna en los personajes ni en el narrador, porque son asimilados por estos como perfectamente naturales. De esta manera, se consigue que también sean asimilados como naturales por el lector.
5- La Naturaleza salvaje se usa frecuentemente para crear esa fusión de magia y realidad, o mejor dicho, para dar una imagen mágica a lo real.
6- El uso de figuras retóricas para verbalizar la realidad mágica es común. En la literatura magicorrealista abundan la hipérbole, la ironía, la silepsis, la elipsis, la catacresis, el humor, lo onírico, lo telúrico, lo metafísico, la sorpresa, lo absurdo etc. A todo esto suele unírsele la angustia, el pesimismo, la violencia, el uso de un lenguaje popular …
7- El escritor magicorrealista no busca en absoluto un orden “occidentalmente” racional en sus relatos. En lugar de ello, lo que intenta es reformular la realidad desde la magia, la leyenda y la tradición. Esta característica es especialmente remarcable en la manipulación complicada del tiempo narrativo.
Muchas de estas características, que se le pueden asociar al realismo mágico, aparecen en un relato breve de Juan Rulfo, de apenas 10 páginas, titulado “Luvina”:
“De los cerros altos del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso. Está plagado de esa piedra gris con la que hacen la cal, pero en Luvina no hacen cal con ella ni le sacan ningún provecho. (…) porque en Luvina los días son tan fríos como las noches y el rocío se cuaja en el cielo antes que llegue a caer sobre la tierra. (…)
(…) Ya mirará usted el viento que sopla sobre Luvina. Es pardo. Dicen que porque arrastra arena de volcán; pero lo cierto es que es un aire negro. Ya lo verá usted. Se planta en Luvina prendiéndose de las cosas como si las mordiera. (…)
(…) Por cualquier lado que se le mire, Luvina es un lugar muy triste. Usted que va para alla se dará cuenta. Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara. (…)
(…) Me parece que usted me preguntó cuántos años estuve en Luvina, ¿verdad …? La verdad es que no lo sé. Perdí la noción del tiempo desde que las fiebres me la enrevesaron; pero debió haber sido una eternidad … Y es que allá el tiempo es muy largo. Nadie lleva la cuenta de las horas ni a nadie le preocupa cómo van amontonándose los años. Los días comienzan y se acaban. Luego viene la noche. Solamente el día y la noche hasta el día de la muerte, que para ellos es una esperanza.
Usted ha de pensar que le estoy dando vueltas a una misma idea. (…)”
Máximos exponentes y obras representativas
Si realizamos la distinción entre realismo mágico y lo real maravilloso, nos vemos obligados a no incluir en esta lista a Alejo Carpentier y sus novelas “¡ÉcueYambaO!”, “El reino de este mundo”, “Los pasos perdidos” …
Sí se consideran dentro de la literatura magicorrealista las muy reconocidas obras del mexicano Juan Rulfo “El llano en llamas” y “Pedro Páramo”. Igualmente, el guatemalteco Miguel Ángel Asturias atribuyó el calificativo de magicorrealista a gran parte de su obra, entre otras a las novelas “Señor presidente” y “Hombres de Maíz”. Por supuesto, se incluyen dentro del realismo mágico todas las novelas pertenecientes al “ciclo de Macondo” del colombiano Gabriel García Márquez: “El coronel no tiene quien le escriba”, “La mala hora”, “La hojarasca”, “Los funerales de la mamá grande” y “Cien años de soledad”. Y, aunque permanece inmerecidamente poco reconocida, encontramos una de las primeras joyas que dio la literatura magicorrealista en la novela “Los Sangurimas” del ecuatoriano José de la Cuadra.
Se puede apreciar en esta lista de escritores cómo el realismo mágico cuajó en la literatura de toda Latinoamérica desde mediados de siglo XX en adelante, demostrándose la idoneidad de dicho continente para el desarrollo del movimiento. Sin embargo, debido a la dificultad para definir los límites del realismo mágico, se hace imposible distinguir un primer autor, o una primera obra magicorrealista, ya que estos dependen de la descripción escogida. Así, para Ángel Flores, el iniciador del movimiento magicorrealista en America Latina es Borges, mientras que para Luis Leal, Borges ni siquiera entra dentro del movimiento. Por lo tanto, mientras no tengamos una única definición de realismo mágico, la respuesta a la pregunta formulada en el título de este artículo tendrá que esperar.
Bibliografía utilizada
Imagen de portada: La Ilustración Española y Americana, Isla de Cuba, Un combate en la manigua. Ramón Padró y Pedret, José Severini. Archivo: 1872-03-16.
Realismo mágico: Post expresionismo. Problemas de la pintura más reciente. Franz Roh. 1925.
Letras y hombres de Venezuela. Arturo Uslar Pietri. 1948.
El reino de este mundo. Alejo Carpentier. 1949.
Magic Realism in Spanish American Fiction, Hispania, tomo XXXVII n.º 2. Ángel Flores. 1955
El realismo mágico en la literatura hispanoamericana, Cuadernos hispanoamericanos Año XXVI, tomo CLII, n.º 4. Luis Leal. 1967
Literatura fantástica, realismo mágico y lo real maravilloso, Otros mundos, otros fuegos. Fantasía mágica en Iberoamérica. Enrique Anderson Imbert. 1975
Introducción a la literatura fantástica, Tzvetan Todorov, 1971.
Quince preguntas, Revolución. Miguel Ángel Asturias. 1959.
El realismo mágico: Historiografía y características. Gloria Bautista Schwartz. 1987.
¿Lo real mágico o el realismo maravilloso?, Eva Lukavska. 1991.
Realismo Mágico latinoamericano, aproximaciones a su influencia en el periodismo de Héctor Rojas Herazo y Gabriel García Márquez. Camila Villate Rodríguez. 2009.
Alejo Carpentier: realismo mágico, Humanitas 1. Fernando Alegría. 1960.
El llano en llamas, Juan Rulfo. 1953.