Bienvenidos a Arché

En 2014, tres amigos nos conocimos en una cocina de París. Cinco años y muchas discusiones más tarde, nace Arché.

La literatura nunca termina en los libros. Después de la lectura está el debate, la reflexión, la curiosidad sobre los orígenes de las obras, los autores, las historias infinitas inherentes al mundo de las letras. Desde Arché queremos ayudar a democratizar y acercar la discusión literaria y queremos hacerlo de un modo distinto.

La literatura es nuestra pasión y queremos que eso quede reflejado en nuestro blog. Con Arché queremos compartir la alegría y la profundidad que nos transmite la literatura con todas aquellas personas que, igual que nosotros, necesitan leer para vivir. Las temáticas que tratamos en nuestras entradas tratan de alejarse de los hilos más convencionales de discusión para aportar novedad, anécdotas desconocidas, temáticas olvidadas, episodios a los que quizás no se les prestó la voz debida ni el tiempo necesario. Publicamos esencialmente en castellano, pero no excluimos ninguna lengua. Por eso se podrán econtrar en Arché artículos en italiano, francés, valenciano, etc. 

Por último, Arché aspira a ser un catalizador de opiniones diversas y a crear un espacio de cooperación en el que cada persona se sienta libre de escribir un artículo, un ensayo o un poema para mostrar su manera de concebir la cultura y su representación en el mundo. Por eso os animamos a participar en este proyecto enviándonos un mensaje con vuestras propuestas, así como a participar en los comentarios o hilos de discusión.


Con mucha ilusión os damos la bienvenida a Arché.


Un abrazo,

Carlos, Diego y Raül.

El papel del exilio en la literatura latinoamericana

Por Carlos Granero. Toulouse a 07/12/2019.

Argentina; numerosos golpes militares intercalados con gobiernos pseudodemocráticos entre 1955 y 1983: Hector Bianciotti, Julio Cortazar, Edgardo Cozarinsky, Alicia Dujovne Ortiz, Luisa Futoransky, Juan Gelman, Maria Goloboff, Juan José Saer, Federico Undiano, Saúl Yurkiévich, Antonio Di Benedetto, Juan Carlos Martini, Pedro Orgambide, Tomás Eloy Martinez …

Uruguay; golpe de estado y gobierno militar entre 1973 y 1985: Mario Benedetti, Carlos Rama, Eduardo Galeano, Juan Carlos Onetti, Cristina Peri Rossi, Fernando Ainsa, Ángel Rama, Emir Rodríguez Monegal …

Paraguay; guerra civil y posterior dictadura entre 1947 y 1989: Rubén Barreiro Saguier, Augusto Roa Bastos, Gabriel Casaccia …

Chile; golpe de estado y posterior dictadura militar entre 1973 y 1990: Jorge Edwards, Antonio Skármeta, Luis Sepúlveda, Isabel Allende …

Brasil; Golpe militar en 1964 y dictadura militar entre 1964 y 1985: Mario Pedraza, Theotonio Dos Santos, Ferreira Gullar, Darcy Ribeiro, Francisco Juliao …

La lista de escritores pertenecientes a países de América Latina que se vieron obligados a exiliarse es extensa, y aunque dicha lista aumentó especialmente su tamaño durante la segunda mitad del siglo XX, lo cierto es que América Latina y exilio son dos conceptos que van unidos desde la aparición de las repúblicas independientes en este subcontinente.

Marco histórico

Para ilustrar hasta qué punto el destierro está ligado a la historia latinoamericana contamos con el caso de José de San Martín y Simón Bolívar, los dos principales libertadores de América Latina. Hoy, ambos, San Martín y Bolívar, son héroes de la nación latinoamericana y de cada uno de los estados que la componen. Sin embargo, José de San Martín falleció en 1850 exiliado en Boulogne sur Mer, y Simón Bolívar, “El Libertador”, murió camino del destierro. También durante el siglo XIX, pero en el campo de las letras, encontramos al argentino Domingo Faustino Sarmiento, al ecuatoriano Montalvo, al cubano José Martí o al puertorriqueño Hostos en esa vasta lista de escritores latinoamericanos exiliados.

La segunda mitad del siglo XX fue un periodo especialmente duro para los países latinoamericanos que, inmersos de lleno en la Guerra Fría y siguiendo el ejemplo de Cuba, intentaron conquistar una independencia real y alejarse de la situación colonial en la que se encontraban. En la mayor parte de los casos, este intento de conseguir la independencia política y económica desembocó en dictaduras militares, debido a una reacción “antisocialista” de las oligarquías nacionales e internacionales que temían perder su privilegiada situación y que contaban con el apoyo de gobiernos extranjeros, que no querían ver como sus empresas perdían poder en la zona. La persecución, los asesinatos y desapariciones de aquellos que fuesen contrarios al régimen no se hizo esperar, y con ellas el exilio, la represión y la censura. Especialmente ilustrativas por su crueldad son las dictaduras militares del Cono Sur: Uruguay (1973-1985), Argentina (1974-1983) y Chile (1973-1990), apoyadas y dirigidas por EE.UU.

Los diferentes tipos de exilio

El exilio interior

“… Entonces sonó el teléfono y resultó muy fácil estirar la mano. Era una buena amiga, que por supuesto sabía de la operación pero que no preguntó como seguía ni si todo iba bien. También sabía que el apartamento de Las Heras y Pueyrredón no daba a la calle; apenas si por una ventanita del cuarto de baño se veían tres o cuatro metros de plaza. Sin embargo, dijo <<Te llamo nada más que para que te asomes al balcón y veas qué lindo desfile militar hay frente a tu casa.>> Y colgó. Entonces él le dijo a su mujer que mirara por la ventanita del baño. Lo previsible: una operación rastrillo. <<Hay que quemar algunas cosas>> dijo él, y se imaginó la mirada preocupada de su mujer. Y a pesar de la urgencia trató de tranquilizarla a medias: <<No hay nada clandestino, pero si entran aquí y encuentran cosas que se adquieren en cualquier quiosco, como los relatos del Che o la Segunda Declaración de La Habana (no digo Fanon o Gramsci o Lukacs, porque no saben quienes son), o algunos números de la revista Militancia o del diario  Noticias,  eso  basta  para  que  tengamos problemas.>> …”

Este fragmento de “Primavera con una esquina rota”, de Mario Benedetti, refleja perfectamente lo que significa vivir el exilio interior, es decir, la represión directa del régimen dictatorial, la obligada autocensura, el miedo a recibir en cualquier momento la visita de una patrulla militar que se lleve al escritor a la cárcel, a la tortura, o a ese recóndito lugar, la desaparición. Por este motivo, no es extraño que los escritores que vivieron el exilio interior se mostraran menos prolíficos que aquellos que se alejaron de sus países natales.

El exilio exterior

El destierro al que muchos escritores latinoamericanos se vieron obligados determinó completamente la literatura del continente durante segunda mitad del siglo XX. Numerosos escritores de distintas naciones de América Latina se vieron obligados a partir al exilio, abandonando casa, amigos y familia por un periodo indeterminado de tiempo. El exilio exterior obligó a los escritores a cortar vínculos personales con familiares y amigos, pero también con la naturaleza, la cultura y la sociedad del país del que huían.

“Hay, desde luego, el traumatismo que sigue a todo golpe, a toda herida. El escritor exiliado es en primer término una mujer o un hombre exiliados, es alguien que se sabe despojado de todo lo suyo, muchas veces de una familia y en el mejor de los casos de una manera y un ritmo de vivir, un perfume del aire y un color del cielo, una costumbre de casas y de calles y de bibliotecas y de perros y de cafés con amigos y de periódicos y de músicas y de caminatas por la ciudad. El exilio es la cesación del contacto de un follaje y de una raigambre con el aire y la tierra connaturales; es como el brusco final de un amor, es como una muerte inconcebiblemente horrible porque es una muerte que se sigue viviendo conscientemente, algo como lo que Edgar Allan Poe describió en ese relato que se llama El entierro prematuro «.

Los cuatro principales países de asilo para los escritores latinoamericanos fueron: España, Estados Unidos, México y Francia. Es en estos países donde los desterrados de distintos rincones de América Latina convergieron y se aglutinaron, y donde nació, o al menos se desarrolló, el movimiento conocido como boom Latinoamericano. Hasta la generalización del destierro, los escritores de las distintas naciones de América Latina mantenían escasas relaciones entre ellos, lo que generaba una segmentación nacional del territorio. Con el boom, lo que hasta ese momento se había identificado como literatura colombiana, argentina, uruguaya o de cualquier otro país latinoamericano, se fundió eliminando fronteras ficticias*.

El exilio en la literatura

Oscar Waiss defendía la no existencia de una literatura latinoamericana del exilio, sino la de autores latinoamericanos exiliados que continuaban haciendo literatura latinoamericana desde el destierro. Sin embargo, nadie puede negar el efecto que este tuvo sobre dichos escritores.

En la mayor parte de los casos los escritores exiliados situaron la acción de sus novelas en América Latina, en los mismos países de los que provenían o en países vecinos. No obstante, el exilio había modificado el punto de vista que dichos escritores tenían de América. Así, Roa Bastos, que pasó 42 años exiliado, escribe:

“El exilio tiene sin embargo la ventaja que da al escritor, al artista, al intelectual, una cierta distancia, una cierta perspectiva con respecto a su realidad. Le permite entrar en ese trabajo más profundo y sutil de la reflexión sobre lo que constituye la realidad de un país.”

Y Gabriel García Márquez, que fue forzosamente enviado a París tras la publicación de “Diario de un náufrago”** en “El espectador” de Bogotá, cuenta que “[…] aprendió a conocer el continente americano en París por el gran número de exiliados latinoamericanos que residían en la capital francesa.”

El exilio no modificó las temáticas de la literatura latinoamericana, pero sí les otorgó ciertos matices propios. Se cargó la obra literaria de crítica sociopolítica y existancialismo, de nostalgia y de ansia de retorno. No podía ser de otra manera dada la realidad social y colectiva de los países latinoamericanos y la realidad personal de los escritores exiliados. Exiliados por la defensa de una actitud política clara, en ocasiones vinculada a una ideología política y en otras ocasiones simplemente, o “complejamente”, a una ideología moral.

Notas finales, o “Para profundizar en el tema del exilio”

La gran mayoría de exiliados latinoamericanos del último siglo ha sido muda, sin voz, compuesta por obreros obligados a partir debido a una afiliación política o a la necesidad de buscarse el pan en otra tierra, lejos de casa. Junto a esta mayoría se encontraba un grupo de escritores, intelectuales y militantes políticos. “Lo general no niega lo particular. Simplemente, ayuda a situarlo. En el exilio hay escritores y también hay albañiles y mecánicos torneros”.

Galeano habla de otro tipo de exilio, de un exilio, dice, “invisible”, que todo escritor latinoamericano ha padecido y padece, y que quizás sea generalizable para escritores de cualquier parte del mundo:

“Aunque disfrutemos plenamente de la libertad de expresión en nuestros países, escribimos para todos pero sólo somos leídos por la minoría ilustrada que puede pagar los libros y se interesa por ellos” .


* A esta labor de concienciación de unión cultural latinoamericana contribuyó fuertemente la “Casa de las Américas”, en Cuba.

** “Diario de un náufrago” apareció como una secuencia de artículos escritos por G.G Márquez en “El Espectador” de Bogotá. En ellos García Márquez desveló una trama corrupta en la que se encontraba involucrado el ejército y el gobierno colombianos.

Bibliografía utilizada

Imagen de portada, recuperada de: https://ricardoruizarte.wordpress.com/2016/11/02/historia-del-arte-latinoamericano/

Eduardo Galeano, “Las venas abiertas de América Latina”, 1971.

Chile and the United States: Declassified Documents Relating to the Military Coup, September 11, 1973, by Peter Kornbluh, National Security Archive Eectronic Briefing Book No. 8 https://nsarchive2.gwu.edu//NSAEBB/NSAEBB8/nsaebb8i.htm

Nixon: «Brazil helped rig the uruguayan elections,» 1971, by Carlos Osorio, National Security Archive Electronic Briefing Book No.71,

On 30th anniversary of argentine coup new declassified details on repression and U.S. support for military dictatorship, by Carlos Osorio. https://nsarchive2.gwu.edu/NSAEBB/NSAEBB185/index.htm

Mario Benedetti, “Primavera con una esquina rota”, 1982.

Julio Cortazar, “América Latina: Exilio y Literatura”, 1978.

Oscar Waiss, “La literatura hispanoamericana y el exilio”, 1983.

Claude Cymerman, “La literatura hispanoamericana y el exilio”, 1993.

Eduardo Galeano, “El exilio, entre la nostalgia y la creación”, 1979.

Erasmo de Rotterdam: el olvidado

Por Raül Nuevo. Bruselas a 07/12/2019

“Traté de saber si Erasmo de Rotterdam era de aquel partido. Pero cierto comerciante me respondió: Erasmus est homo pro se (Erasmo es hombre aparte)”. Así comienza el austríaco Stefan Zweig la biografía sobre este erudito que vivió en piel y alma una de las mayores guerras jamás libradas en la historia de Europa. Una tormenta que derribó reinos, cambió el trazado de las fronteras y partió en dos la espiritualidad de la época. En apariencia, lo que ocurrió fue una disputa teológica entre el papado de Roma y la Reforma encabezada por Lutero. En palabras de Zweig, en cambio, aquello fue “una de las más salvajes explosiones de pasión colectiva, nacional y religiosa que conoce la historia”. Y en medio de esta explosión, Erasmo.

Sobre Erasmo se han escrito innumerables páginas. Desde el voluminoso Erasmo y España de Marcel Bataillon hasta los comentarios de P.S. Allen sobre su correspondencia y pasando, entre otros, por los trabajos de Augustin Renaudet. Quien quiera adentrarse en las letras y en la pluma de Erasmo, tendrá obligatoriamente que acudir a estas fuentes.

El objetivo de este artículo es más modesto. Siguiendo la línea de dos biografías sobre el holandés (la de Stefan Zweig y la de Johan Huizinga), hemos tratado de conocer no la pluma de Erasmo, sino las venas. No la tinta, sino la sangre. Unas pocas páginas no serían jamás capaces de contener la profundidad y la extensión del pensamiento erasmista, pero sí podrían quizás delinear con trazos certeros ciertos pliegues de su alma. De estos pliegues, uno en concreto nos atañe: su irreductible libertad espiritual y las inevitables consecuencias de esta.

Nulli concedo.

En su paso al siglo XVI, Europa despierta amnésica de un largo coma. Sus músculos, atrofiados durante el letargo feudal, tienen hambre. Su puño joven comienza a sentir fuerza de nuevo, las piernas le piden carrera, el cerebro se desentumece y pregunta, duda, cuestiona: ¿por qué? ¿Cómo he llegado aquí? Una incipiente semilla renace en el corazón del viejo continente. Una Europa inquieta que no puede ser sino una Europa rebelde. Erasmo, sin él quererlo, se alza en los orígenes de la rebelión.

Desiderius Erasmus Roterodamus (1466-1536) nace en Holanda. Nómada crónico, estudia en un primer momento teología en París, donde se aloja en el fétido Collège Montaigu. En palabras de Huizinga: “el recuerdo de los huevos podridos y de los dormitorios nauseabundos lo acompañó durante toda la vida”. Deja sus estudios y vuelve a Holanda. En 1499 se muda a Londres y conoce a Tomás Moro, con quien mantendrá una estrecha relación durante años. Un año más tarde viaja a Holanda, después de nuevo a Francia, después a Italia… Pasados los cuarenta, vuelve a Inglaterra, donde escribe su célebre Elogio de la locura (1509). Terminará sus días en Basilea, una ciudad con calles limpias y en la que el fanatismo religioso aún no ha echado sus raíces.

Este ir y venir de su persona física refleja bellamente la primera máxima de su pensamiento interno: no ser de nadie. Ser solo suyo, para poder ser de todos. Nulli concedo: no quiero pertenecer a ninguno. Fuera ataduras, fuera nudos, fuera compromisos. Independencia, ante todo. Esta necesidad de libertad, indiscutible lema en la vida de Erasmo, será la que lo eleve al Olimpo del pensamiento humanista, la que alce su dignidad al punto máximo. En el prólogo a la edición francesa del Érasme de Huizinga, Lucien Febvre comenta:

«Erasmo, ese Proteo de cien caras. Erasmo, esa anguila escurridiza: así se indignaba el Hermano Martín Lutero, (…) hombre que se atraganta iracundo cuando, tras realizar la pregunta decisiva: “¿Negro o blanco?”, escucha una voz suave que, con una leve sonrisa, le responde: “Pero, querido doctor, por favor ¿gris?”.

Ni negro ni blanco, sino gris, es el color de Erasmo. Constante abogado del Diablo, este eterno idealista siempre ve un pero, una mancha que enturbia el cuadro, una sombra que cuestiona la luz.

Antibarbari

En el otro extremo, engalanada de oro y pegajosa de vino, la Iglesia Católica. Una Iglesia mordaz y colérica que poco tiene en sus altares de cristiano y que para muchos ya no es legítima. Pero no solo la Iglesia Católica está cegada de ambición. No solo ella cree poseer la verdad. En todas partes de Europa surgen enviados de Dios, sabedores y portadores de la palabra divina. Juan Calvino, empantanado en su Ginebra ultra puritana, quema vivo a Miguel Servet en la hoguera. La Iglesia Anglicana, con Enrique VIII a la cabeza, decapita a Tomás Moro por no prestar el juramento antipapista. La Liga de los Elegidos de Thomas Münzer es masacrada por los luteranos y el propio Müntzer es torturado y decapitado. Jan Hus, Savonarola, John Knox, Loyola y muchos más, todos ellos defensores acérrimos de su ideal, de su causa, de su visión. Todos ellos sabedores de la verdad, de su verdad. Una verdad en absoluto universal, sino todo lo contrario: una verdad cegada que no admite puntos medios, una verdad sin matices.

En medio de este tumulto de pasiones pasea apacible Erasmo. No hay una única verdad para él, sino que muchas coexisten a la vez. Cuatro siglos más tarde, Antonio Machado lo explica con solo unos versos:

¿Tu verdad? no, la Verdad; 
y ven conmigo a buscarla.
La tuya guárdatela.

Erasmo es crítico con la Iglesia Católica, que considera material y alejada de sus preceptos y que niega y aplasta cualquier movimiento de cambio. Pero también es duro con Martín Lutero y la Reforma. No por sus tesis, que aprueba en su mayoría, sino por su modo de acción brusco e intransigente que quiere derrumbar una prisión para construir una nueva. Erasmo es cuidadoso y trata de no ofender con sus palabras. Al contrario: tiende la mano, siempre presta oídos, se deja cortejar por todos. Pero no se ata con ninguno, pues estas dos potencias enfrentadas tienen en común lo que más le agría el alma: el fanatismo, la imposición de la visión propia mediante la negación de la visión del otro. El yo sobre el tú.

Triunfo y tragedia

Firme en su irreductibilidad, Erasmo comienza a cosechar los frutos de su integridad espiritual y a ser reconocido como el gran sabio de Europa. Allá a donde viaja, la gente lo venera. Una carta suya es un tesoro en manos del que la recibe. En palabras de Zweig, “los poderes mundanales y el dinero se ven obligados a servir al espíritu. Emperadores y duques, ministros y hombres de letras, papas y prelados, compiten en rebajarse por alcanzar el favor de Erasmo”. Pero este celebrado Erasmo anda muy lejos del espíritu europeo del siglo XV. Ajeno a toda confrontación, quiere y cree en el cambio a través de la reconciliación. Sueña con una Europa hermanada y unida. Así describió Zweig esta voluntad:

 “El arte singular de limar conflictos mediante una bondadosa comprensión, de aclarar lo turbio, de concertar lo embrollado, de casar de nuevo lo desunido y dar a lo disgregado un más alto enlace común, era la auténtica fuerza de su paciente genio, y, con gratitud, sus contemporáneos llamaron simplemente “erasmismo” a esta voluntad de comprensión que actuaba en plurales formas”.

Tal como ocurrirá en el siglo XX en la Europa de entreguerras, también en el siglo XVI aflora un sentimiento de entendimiento. Algo parece indicar que a las armas las puede sustituir la palabra, que el diálogo puede triunfar sobre la disputa y que el ideal humanista puede terminar con las guerras. Pero para que haya paz y consenso tienen que querer las gentes paz y consenso. La mecha que enciende el odio en los corazones arde rápida, mientras que la semilla que engendra la armonía crece lenta y precisa de tiempo y amor. Y la Europa en la que vive Erasmo no quiere paz, ni tiene tiempo para amar. Solo una parte de la élite intelectual está dispuesta a hablar. El resto quiere fuego y leña, pasión y acción.

A Erasmo, en efecto, lo lisonjean los príncipes por su venerable sabiduría y por sus profundas ideas, pero detrás de ello se esconde otra realidad: a Erasmo se le quiere cerca por la enorme autoridad que emana de su figura y de su nombre. Tener a Erasmo de su parte significa para luteranos y para papistas tener la razón. Hay, por lo tanto, una necesidad imperiosa de convencer a Erasmo para que se decante por la causa de uno, para que hable bien de lo proprio y mal de lo ajeno. Ganar a Erasmo para la causa propia es ganar media guerra. Pero ocurre lo inevitable: Erasmo no está en venta. De nuevo y siempre: nulli concedo.

La reacción de ambos bandos no se hace esperar: si no estás conmigo, estás contra mí. Y puesto que Erasmo no está con ninguno, está contra los dos. La afectada cortesía con la que Martín Lutero se dirigía a Erasmo cuando el primero aún no era más que un frailecillo desconocido ha terminado para siempre. Lutero pasa de presentarse como un simple necio (“necio de mí, que con las manos sin lavar y sin el prefacio de reverencia y honor me dirijo a ti, varón de categoría tal”) a atacarlo con armas de fuego y con bilis en la boca, («quien aplaste a Erasmo, ahogará a una chinche que todavía apestará menos muerta que viva”).

La Santa Sede, que años atrás había movido cielo y tierra para ganar el mínimo favor por parte de Erasmo, ya no lo necesita. Ciertamente, ya nadie lo necesita. El conflicto entre la Iglesia Católica y la Reforma ha madurado. Las posiciones de ambos bandos se han establecido y el territorio se ha delimitado. Los convencidos por una u otra causa son cada vez más; los potenciales conversos, cada vez menos. Y las dos Iglesias, la católica y la protestante, comienzan a aceptarse en cierto modo: tú allí y yo aquí. Aunque el cielo sigue bravo, el temporal va amainando. Aunque caudaloso, el río ya no desborda. El mundo europeo se amolda a su nueva forma. Erasmo ya no es necesario.

Dice Zweig que“Erasmo murió solo y solitario. Solitario, es verdad, pero independiente y libre”. El olvidado Erasmo pasará sus últimos días olvidado, como una vieja reliquia, pero su pensamiento nunca morirá.  

Bibliografía utilizada


Imagen de portada: https://laventanaciudadana.cl/pensamientos-de-erasmo-de-rotterdam/

Zweig, Stefan (1933). Obras completas de Stefan Zweig. Erasmo de Rotterdam: Triunfo y tragedia de un humanista. España: Editorial Juventud.

Huizinga, Johan. (1955). Érasme. Paris : Éditions Gallimard.

Machado, Antonio (1917). Poesías completas: LXXXV. España: Espasa-Calpe.

Carta de Lutero a Erasmo del 5 de abril de 1519.

Rimbaud o el inconformismo: modernidad poética

Por Diego Ventura. Lovaina a 3/12/2019.

Escribió Bécquer en sus Rimas: “el alma que hablar puede con los ojos, también puede besar con la mirada”. Aquellos que conocieron a Rimbaud lo describieron como un joven antisocial de profundos y enigmáticos ojos azules. Su amigo de la infancia, Ernest Delahaye, con quien mantendría una copiosa correspondencia a lo largo de su vida, describió los ojos del poeta como los más bellos que jamás había visto: dispuestos a atravesarlo todo. Puede que sea cierto entonces, que la mirada es el espejo del alma, para aquellos que saben observarla. Rimbaud, el precoz y brillante poeta maldito, fue capaz de atravesarlo todo: de mirar de frente a la belleza, de injuriarla y reconvertirla; de transgredir las normas de sus referentes; de dotar de alma al lenguaje; en definitiva, de impulsar la modernidad en la poesía.

Arthur Rimbaud nació en el año 1854 en la ciudad de Charleville, Francia. Una región de provincias, cerca de la frontera belga, alejada de la burguesía y de la vida bohemia de la capital. Su padre era capitán del ejército y su madre era conocida por su carácter parco y estricto. En la correspondencia de Rimbaud se lee que ninguno de sus hijos la vio sonreír jamás. Pese a que el padre abandonaría a la familia cuando Rimbaud contaba con 6 años de edad, la disciplina y la educación conservadora seguirían siempre vigentes en la estructura familiar.

Con semejantes figuras paternas, no resulta extraño que su hijo adquiriera un carácter modélico en la primera infancia. Alumno aventajado en todas las asignaturas de la escuela y excelente en las relacionadas con lenguas y literatura, Rimbaud esbozó sus primeras rimas a los siete años, y a los 14 envió un poema de 60 versos en latín al hijo de Napoleón III como obsequio por su primera comunión. Sin embargo, como ocurre con frecuencia en estos casos, la excesiva rigidez en la educación y la atmósfera de férrea disciplina familiar terminan por explotar de una u otra manera. En el caso de Rimbaud sería a los 15 años, tras la derrota de la Francia imperial por el ejército prusiano. Según Edmund White, en su biografía sobre el poeta, fue durante este periodo cuando afloró el inconformismo exacerbado del joven, que derivó en una adolescencia marcada por el anticlericalismo, el odio hacia la burguesía y por una posterior inmersión en la vida bohemia de París. Una etapa ahogada en el alcohol, la violencia, el pillaje, la mendicidad y en una problemática relación sentimental.

Sin embargo, durante esta fase de agitada adolescencia, Rimbaud no solo rompería toda relación con los valores de su infancia, convirtiéndose en la antítesis de aquel estudiante ejemplar, educado y elegante, sino que también establecería un punto de inflexión en la poesía. El joven poeta derribaría todos los cánones para ofrecer, en tan solo cuatro años de carrera como escritor, una completa reconversión de la poesía.

Verlaine y Rimbaud.

Para comprender la poesía de Rimbaud resulta necesario conocer de antemano su vínculo con Paul Verlaine. Entre los dos poetas no solo se estableció una de las relaciones amorosas más célebres de la poesía, sino que, además, se estableció una reciprocidad en cuanto a inspiración poética durante unos años cuando menos convulsos.

En el año 1871, un Rimbaud harto de la vida sedentaria y devota de provincias, decide viajar a París, alentado por la vida bohemia de los artistas en la capital y por los movimientos de los communards, quienes promovían reformas socialistas que atraían al poeta. Por esta razón, en septiembre del mismo año le envía dos cartas al ya reputado Verlaine, quien acababa de casarse con una joven de familia burguesa que, en un principio, pareció encauzar su vida y alejarlo del alcohol, de la violencia y de la vida bohemia en la que estaba inmerso desde hacía años.

Carta de Rimbaud a Verlaine:

Charleville, septiembre de 1871

Rimbaud se declara admirador de Verlaine. Le confía su ideal, su rabia, su entusiasmo, sus enojos. Todo lo que es. Él también es poeta: somete sus versos al juicio de Verlaine. […] Quiero hacer un gran poema y no logro trabajar en Charleville. No tengo medios y me resulta imposible ir a París. Mi madre es viuda y extremadamente devota. No me da más que diez céntimos todos los domingos para poder pagar mi asiento en la iglesia. Pequeña mugre… Menos molesto que un Zanetto.

Verlaine leyó los poemas adjuntos a esta carta y quedó impresionado. Le pagó el billete desde Charleville a París, lo acogió en su casa -la casa sus suegros, en realidad-, y dio comienzo así el viraje más brusco de sus respectivas vidas.

El joven Rimbaud era un huésped imposible. Sus rudos modales y su apatía constante, acompañados de una estética greñuda, despreciativa y desaliñada, hizo que terminaran por expulsarlo de aquella casa, en la que el único que parecía estar maravillado por aquel espectáculo provinciano era el propio Verlaine. También en las tertulias literarias a las que acudía, invitado por su descubridor, causaba graves escándalos e incluso peleas. Esto terminaría por causarle una nefasta reputación en los círculos artísticos de la capital. Ya no solo de agitador o delincuente, sino de figura casi demoníaca que estaba haciendo sucumbir al “dulce y melodioso Verlaine”, el cual se veía cada vez más atraído por el comportamiento del joven y al que cada vez quedaba más supeditado. “Rimbaud representaba el ideal sexual de Verlaine, un adolescente dominante que parecía estar siempre eróticamente disponible”, explica White en la biografía citada.

Estos acontecimientos terminaron por aislar a los dos poetas de prácticamente toda la vida social y literaria. Comenzó así una etapa de idas y venidas que variaban desde Bruselas a Londres, pasando por París y Charleville. La mayoría de las veces eran viajes a pie, en los que las largas caminatas y las noches a la intemperie eran el denominador común en sus travesías, además de una de las principales fuentes de inspiración en su poesía. Y es que, Rimbaud, a lo largo de su vida, fue un caminante empedernido. Verlaine lo describió como “el hombre de las suelas de viento”. Y el filósofo Frédéric Gros, en su reciente libro Marcher, une filosophie, le dedica un interesante capítulo sobre esta afición y su repercusión literaria.

Pese a las condiciones de casi mendicidad en las que estaban sumidos, este periodo trajo consigo las mejores producciones poéticas de ambos vates. Durante este tiempo, Rimbaud empezaría su obra maestra: Una temporada en el infierno y Verlaine comenzaría sus Romanzas sin palabras. Sin embargo, la relación comenzaba a ser cada vez más tóxica. Rimbaud, a pesar de ser diez años menor que Verlaine, ejercía un papel dominante en esta pareja poético-amorosa. Este último poseía un carácter dependiente y extremadamente influenciable, que dejaba en manos de su compañero para moldearlo a su gusto.

Siempre bajo la máxima del menosprecio generalizado hacia la sociedad y la arrogancia del genio que es consciente de su talento, el joven poeta iba urdiendo su idea de cambiar el mundo mediante la poesía. Una ambiciosa empresa que solo se podría lograr, como aseguraba él mismo, si el artista se convierte en poeta-vidente.

Poeta-vidente: la poesía es alquimia y “Yo es otro”.

Si decimos que Rimbaud fue el impulsor de la poesía moderna es porque, detrás de su valioso legado poético, reside un meticuloso programa de rechazo a lo convencional que le hace merecedor de este título.

Hay que remontarse unos años atrás para comprender el inicio de este punto de inflexión. En el mes de mayo del año 1871, unos meses antes de conocer a Verlaine, Rimbaud envía una inaudita carta al poeta y amigo Paul Demeny, que posteriormente sería conocida como la “Carta del vidente”. Esta misiva resulta de notable importancia ya que establece las bases de la ruptura con la poesía tradicional y propone su propuesta de reinvención. En ella, que comienza: “He aquí una prosa sobre el porvenir de la poesía”, Rimbaud asegura que para convertirse en un verdadero poeta, primero hay que ser vidente. Un estado que se consigue mediante el desorden de los sentidos, expuestos a toda serie de experiencias vitales: amor-desamor, felicidad-tristeza, cordura-locura. Solo así se alcanza lo desconocido, la máxima a la que aspira el poeta.

A lo largo de esta célebre carta, Rimbaud discrepa con cierta soberbia sobre los grandes poetas de su tiempo. Desde Victor Hugo hasta Banville, pasando por Baudelaire, el joven arremete contra el romanticismo, el cual, asegura, nunca ha sido juzgado ni criticado como merece. Y para ello, tomando como partida el alma de este movimiento literario, “el Yo sensual”, plantea un cambio de perspectiva asegurando que “Yo es otro”.

“Porque yo es otro. ¿Qué culpa tiene el cobre si un día se despierta convertido en corneta? Para mí es algo evidente: asisto a la eclosión de mi pensamiento: lo miro, lo escucho: lo acaricio con el arco: la sinfonía se remueve en las profundidades o entra de un salto en escena”, escribe en la carta.

El poeta vidente, el sabio supremo, según Rimbaud, es responsable y representante de la humanidad. Debe ser capaz de “robar el fuego de los cielos”, de vivir todas las experiencias, de experimentar todas las facetas de la naturaleza y de hablar la lengua universal. Para ello, el poeta necesita conocer y cultivar su alma, crear un lenguaje para ella y exponerlo al mundo en un futuro utópico en el que la poesía dejará de ser pensamiento para convertirse en materialismo.

Es, en resumidas cuentas, la alquimia del lenguaje. Dotar de alma a las palabras para expresar lo más profundo del pensamiento humano. La materialización del Yo.

«Una temporada en el infierno» ratifica el cambio.

Los argumentos de esta carta podrían ser gratuitos o hipócritas si su autor se hubiera conformado con realizar una simple crítica; si no hubiese ofrecido nada a cambio, ninguna modificación demostrable. Por eso escribió Una temporada en el infierno, su primera gran obra de prosa poética que valida la «Carta del vidente», en la que confirma que la alquimia del lenguaje es posible y que la modernidad poética ha llegado para quedarse.

“Mi suerte depende de este libro”, aseguraba Rimbaud a sus amigos y familiares en su correspondencia. En él había depositado toda su energía. Había descendido al infierno de su alma para conocerla y cultivarla y así poder crear esa nueva poesía que auguraba para el futuro. Y no iba desencaminado, ya que Una temporada en el infierno es, a día de hoy, una de las piedras angulares de la poesía vanguardista, del verso libre y de la prosa poética.

Este poema en prosa presenta un estilo críptico: sin historias correlacionadas, sin personajes definidos, sin diálogos, etc. Con cierto carácter autobiográfico, se podría decir que el eje vertebrador del texto es el de la confesión. En los diversos capítulos expuestos, el poeta deja entrever los entresijos de lo que ha sido su tormentosa vida en los últimos años. Retrata su relación con Verlaine, describiéndolo como la “Virgen fatua”: “una mujer enamorada de un esposo infernal que le aflige constantes tormentos y que, sin embargo, no es capaz de abandonar, ya que es presa de sus delicadezas misteriosas que la seducen. Ese esposo infernal se describe como un niño, como el efebo que embauca al filósofo y que termina por amargarle la vida. “Voy a donde él va, tengo que hacerlo. Y con frecuencia se enfurece conmigo, yo, la pobre alma. ¡El Demonio! Es un Demonio, sabéis, no es un hombre” dice la virgen fatua, refiriéndose a su esposo.

En este pasaje, el poeta también pone en boca de la virgen (Verlaine), su utópico proyecto de cambiar el mundo: “Junto a su querido cuerpo dormido, cuántas noches he velado, buscando por qué anhelaba tanto evadirse de la realidad. Jamás un hombre tuvo un deseo semejante. Yo reconocía, sin temer por él, que podía ser un serio peligro en la sociedad. ¿Tiene, tal vez, secretos para cambiar la vida?”. Aquí se observa cómo Rimbaud era consciente del impacto que causaba  en los demás, tanto a nivel personal como literario.

Una lectura más detallada de Una temporada en el infierno deja entrever el rechazo de los anticuados valores europeos, la sociedad enmohecida, el papel del matrimonio, del trabajo o el rol de la mujer. Es, en síntesis, un grito de inconformismo con la vida que le ha tocado vivir, con su país, con sus contemporáneos, pero sobre todo, consigo mismo. No hay que olvidar, por asombroso que resulte, que Rimbaud escribe esta obra siendo aún un adolescente; en el que la rebeldía y las ganas de romper con lo establecido están a flor de piel, y cuando más fuerzas interpone uno para vivir acorde con sus sentimientos.

Cuatro años dan para una vida

A pesar de la grandilocuencia del poema, Una temporada en el infierno no se comercializó. Deambuló Rimbaud con algunos ejemplares que terminó regalando y el resto fueron hallados décadas después de su muerte en un sótano de la editorial. Más tarde escribiría su segunda y última gran obra: Ilusiones, la cual tampoco halló la repercusión que tiene a día de hoy.

Tras una disputa entre los dos poetas, Verlaine acabaría hiriendo de bala a Rimbaud en la muñeca y este terminaría por denunciarlo tiempo después. Verlaine va a la cárcel, acusado por sodomía, y Rimbaud deambula unos años más por varios países europeos aprendiendo idiomas y ofreciendo clases de francés, hasta que, impulsado por ese afán de conocer todas las facetas de este mundo y de escarbar en lo más profundo de su alma, se embarca rumbo a África. Allí vivirá casi 20 años trabajando como comerciante, traficando con armas y explorando terrenos desconocidos por el hombre blanco.

Rimbaud dejó cuatro años de producción poética durante su adolescencia. Después, no volvió a escribir ni un solo poema ni un solo párrafo adjetivado, salvo las lacónicas cartas que siempre mantuvo con su familia. Murió en 1891 de un cáncer de huesos en una clínica de Marsella y a su funeral solo acudieron el cura, su madre y su hermana. Y es gracias a Verlaine, quien recopiló todos los escritos de Rimbaud y se encargó de distribuirlos, por lo que hoy conocemos, estudiamos y nos deleitamos con su poesía.

Fueron cuatro años en los que la poesía concibió al genio inconformista y reformista. En los que Rimbaud, a pesar de no verlo en vida, consiguió llevar a cabo su ambicioso plan de injuriar a la belleza y reconvertirla; de crear una nueva poesía.

 

Bibliografía utilizada:

Este artículo está principalmente basado en la biografía de Edmund White titulada Rimbaud (2010).

Imagen de portada: “Un rincón de la mesa”, de Henri Fantin-Latour (Musée D’Orsay). Fuente: Wikipedia.

Bécquer, G.A (1864) Rimas y leyendas. (Poema XX).

Gros, F. Marcher, une philosophie. (2010)

Rimbaud, Arthur: Prometo ser bueno: Cartas completas. (1870-1891).

 

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